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Soldado Amazonense, Aguerrido Combatiente

HISTORIAS, MITOS Y LEYENDAS

LA NAVIDAD DEL CHANCHO

LA NAVIDAD DEL CHANCHO

Día 24 de diciembre, fecha mágica que une a las familias conmemorando el nacimiento de “taita amito[1]”.  En esta fecha, una tía tuvo la gran idea de preparar el potaje navideño para disfrutar juntos padres, hijos, tíos, sobrinos y nietos; para esta ocasión, como buenos guayachos y amantes de nuestro entrañable terruño que somos, no podía faltar su majestad el cuy, que si bien no era el cuy mágico porque este no regala platita, sin embargo, regaló mucha alegría a nuestro exigente paladar.

Mi tía, de muy buenos gustos, como es de costumbre en ella, preparó un verdadero banquete: chancho al cilindro, cuy al estilo guayacho, ensaladas, panetones, chocolate, queso, panes traídos directamente desde el valle de guyabamba, choclo, plumífero (pavo) importado desde Mendoza, vino, whisky, espumante, anisado, aguardiente, pisco, etc.; es decir, que en esa mesa había comida para todo un batallón y lo mejor que mi encantadora tía había previsto prolongar la noche buena hasta el día 25.

Mientras los invitados iban llegando, yo me alistaba para recibirlos, y como parte de mi selecta indumentaria navideña, vestía un polo de color plomizo ligeramente ceñido a mi escultural cuerpo, que una de mis hermanas me regaló días previos a la noche buena.

Una de las primeras en llegar fue mi madre, toda ella, con ese garbo al caminar que es propio de las mujeres guayachas, con aquella sonrisa angelical inmutable que en mi niñez apaciguaba mis temores; como toda madre querendona me regalo un apacible beso en mi mejilla y mientras sus delicadas manos recorrían con ternura mi rostro, dejó salir estas palabras cariñosas de sus labios:

 -          Que lindo esta mi hijo precioso, mi “cumpita[2]” lindo – tengo que reconocer que a pesar de que este común mortal sobrepasa la base tres, sigo siendo su hijito engreído y el “cumpita” de mis aduladores padres.

-          Gracias viejita linda – fue mi respuesta, correspondiendo el cumplido de mi madre.

-          Te queda lindo ese polito color rata hijito, te asienta ese color, pero tas un poquito gordito, tienes que bajar unos kilitos y te vas a ver mucho más guapo –me dijo luego de escanearme de pies a cabeza con esa mirada inquisidora y de apretar suavemente mis mejillas.

Estas primeras palabras de mi madre sobre mi sobrepeso fueron casi imperceptibles porque las palabras de cariño las habían disimulado; estábamos en plena discusión en que si estaba gordo  o flaco, cuando ingreso mi tía abuela, una señora mediamente refinada y “etiquetosa” (en otras palabras jodida), saludando a los presentes que se encontraban en la sala, y en el momento en que se acercó a mí, disque me regaló unas palabras de cariño notoriamente perceptibles por todo los asistentes:

 -          Hijito, “caracho” se te ve muy bien, estas guapo, pero esa pancita no me gusta nadita, tiene que bajar, estas un poco panzoncito y así no es, nosotros los jóvenes tenemos que cuidar nuestra figura para vernos muy bien… -“vesta conche su vida”, me dije, seguro que ella fue una de las primeras “huaynas[3]” de Moisés y le acompañó a cruzar el mar rojo junto al pueblo de Israel, y decía muy suelta de huesos “nosotros los jóvenes”… fuira de aquí olle.

Mientras pensaba, mi “tiecita” continuaba con sus aduladoras y halagadoras palabras para con mi persona:

 -          … No importa hijito, así se te ve bien y los que te ven van a pensar que tienes harta plata por lo gordito que estas, claro que te verías mejor si bajarías un poquito de peso, pero sólo un poquito nada más  – Qué pasa, pensé, plata y mujer nunca me han faltado, eso es lo que más me sobra (recordando aquella frase de mi padre y de mis tíos) y que no surten efecto en mí, pues dinero tengo sólo para vivir medianamente feliz y respecto a las mujeres, sólo sé que es la más grande creación de “taitito amito” y a quienes debemos rendir pleitesía y amarlas por toda la vida, incluso más allá de la muerte, pero mejor dejémoslo ahí y continuemos con nuestro relato.

Debo reconocer que esta tía abuela siempre se caracterizó por su franqueza y por ser directa, y esas palabras para conmigo sobre mi empachado abdomen, me perturbaron un “pitzito[4]” más, así que disimuladamente me erguí y con paso garboso tratando de imitar a “gasparines[5]” pase por delante del espejo que colgaba de la pared de la sala, para cerciorarme sobre el tamaño del “buche” (“panza” para los que no entienden el lenguaje de nosotros los adolescentes).

Luego llegaron mis queridas hermanas y mi amado padre, esbeltas ellas por su ingente dedicación al Gym, a las dietas, a la semilla de la “chía”, la linaza, leche de almendras, tocosh[6], y no sé qué otros brebajes más que se “empujan” para mantener ese cuerpo caribeño. Cuando se acercaron a saludarme, antes siquiera que les dé la bienvenida, muy amable ellas me dijeron:

 -          No, no, no hermanito, aburro esa panza, estas todito “buchesapa” grajiento, urgente necesitas Gym –Mis hermanas, regias como siempre, se habían percatado de aquella pequeña protuberancia que cual nido de “comegin[7]” sobresalía de mi abdomen.

 -          Que pasó hermanitas, o sea uno se acerca a saludarlas y de frente le meten cabe, de arranque le bajan la moral a uno… no, no, no, así estamos mal causitas, además uno no puede empacharse comiendo su chanchito al cilindro y tomando su cervecita helada, así no pue, ta mal, muy mal –contesté tratando de hacerme el resentido para ese pequeño “buche” que apenas se me notaba.

Bueno, no quiero cansarlos con las tantas veces que esa noche me dijeron que estaba un poco “panchonchito”, pero si les digo que con el transcurrir de las horas y entre panetones, chocolate, pavo y cuyes, lógicamente esa pequeña pancita que al comienzo de la noche era como un “ticte[8]” aumentó significativamente como los pasajes en estas fechas, cosa que con el transcurrir de las horas ya no me preocupó, porque el whisky, vino, pisco y los brebajes espirituosos que una de mis hermanas preparó en una demostración de aprendiz de barman, y que más sabía a “padrax” (jarabe para las lombrices intestinales), habían adormecido mi orgullo de macho guayacho.

Al día siguiente, continuó el banquete y aunque hice de tripas corazón por no comer todas esas ricuritas que yacían en la mesa, no pude contenerme, así que tomé una copita de anís najar que nunca le falta a mi tía y adiós empache, otra vez al ataque, a dar cuenta de ese chanchito al cilindro doradito color caramelo oscuro que hacía rato me estaba retando.

El día 28 de diciembre, consciente de mi poquísimo sobrepeso, decidí acabar con esa pequeñísima protuberancia de mi cuerpo (porsiacaso hablo de mi panza ah), y con la voluntad y moral muy en alto, desempolvé mis zapatillas negras que por el tiempo que estuvieron guardadas se habían puesto entre marrón y verde, y se había convertido en el hogar de una familia de arañitas caseras,  alisté mi indumentaria deportiva y programé mi reloj interno para levantarme a las 5:00 de la mañana del día siguiente y salir a hacer “juting” (o sea correr).

Si es que algo herede de mi padre es su habilidad y precisión para programarse y levantarse a cualquier hora de la madrugada; era impresionante la manera como él, sin la necesidad de un despertador mecánico o eléctrico, se programaba para levantarse a la 1, 2 ó 3 de la mañana, y sin ninguna dificultad simplemente dormía y a la hora planeada estaba despierto; hasta ahora no he descubierto como hacía para programar su reloj interno, claro que ahora por su longevidad, se acuesta a las ocho de la noche y a la una de la mañana ya está jodiendo con su “radio programas”, con su programa preferido “amanecer campesino” o las cumbias san juaneras que alguna emisora ecuatoriana se le ocurre transmitir a esa hora, menos mal que ya no sintoniza “Radio Cora” con Juan Ramirez Lazo, ese “ñacashca” me tenía “inchau” todas las mañanas antes de ir al colegio, con su “que pasa… amables oyentes” .

Día 29 de diciembre, me desperté a las 5:10 am, o sea me pasé 10 minutos de la hora programada, estaba fallando el reloj interno, habría que calibrarlo (pero cómo); el friecito de la mañana invitaba a acurrucarme más en mi cama, la lucha por levantarme de la cama era titánica; hoy no, mejor mañana pensaba, no comando tiene que ser ahora me decía; estaba batallando entre despierto y dormido cuando una voz potente en mi adormitada mente se dejó ecuchar:

 -          ¡¡ Caracho pintcunga, levántese mierda que se  hace tarde!!

De un sólo brinco, como “misho” en celo, me levanté y antes de que el gallo carioco cante en el corral de la cuma “chio” (así era cuando de lejitos y escondido iba a “cestear” (mirar) a mi “cumita chio” en la época colegial), estaba de pie frente a mi cama, mirando la almohada de plumas de cisne (o será de ganso) que me seducía y cual bailarina de danza árabe se blandía aún invitándome a recostarme nuevamente; mire a todos lados para ver quién era el “conche su sipo[9]” que me había gritado pero allí no había nadie.

Carajo qué pasó, me preguntaba, ¿Quién anda ahí?, volvía a preguntarme, y de manera instintiva comencé a gritar “chuo, chuo ladrón”, evocando aquellas frases de mis abuelos cuando azuzaban a los “quishques[10]” para espantar al “huayhuashillo” o al ladrón que intentaban llevarse la “pondora[11]”.

Ya más despierto, me di cuenta que aquellas voces que escuché en mi mente no eran más que recuerdos remotos cuando mi padre “amablemente” me levantaba de la cama con estas y otras frases cariñosas, como olvidar aquellas melódicas palabras de mi viejito:

-          “Surshique[12], vaguetón, como no se levanteste ahorita mismo le voy a “shutear” toditito, espérate no más “grajiento disparate”, “shihuin”, seguro seraste doctor para que duermaste hasta tarde”

Recuerdo que mientras mi padre me arrullaba con esas “cariñosas” frases, en sus manos sostenía aquella bacinica de porcelana que en alguna época fue de color blanco pero que por el paso del tiempo (y de la “ishpa[13]”) se había tornado amarillenta amarronada; este gesto que hacía mi padre era nada más  para motivarme a levantarme de la cama, no creerá que él fuera capaz de arrojarme el contenido de esa bacinica (pues déjeme decirle que sí era capaz de esto y de muchas cosas más). Como habrá sido de persuasivo mi padre en mi adolescencia que hasta ahora despierto escuchando estas simpáticas frases, pero en fin, lo de bueno que esta vez me sirvió para levantarme y ataviarme con mi indumentaria deportiva y muy campante dirigirme al parque más cercano a trotar unas 200 o 300 vueltitas nada más, para calentar el cuerpo.

Mientras iba camino al parque, recordaba los ejercicios que me enseñaron en la milicia y los que esa mañana pondría en práctica: primero trote, luego polichinelas, monitos, planchas, abdominales, barras, canguros, etc., etc.,

Ya estando en el parque, empecé con la “calistenia[14]”, luego comencé a trotar tratando de soltar los oxidados músculos; imagínese querido amigo el enorme esfuerzo que hice para mover esta tanqueta de casi 90 kilos, fue difícil pero no imposible. Los primeros pasos fueron decisivos, la voluntad y la moral inquebrantable, nada podía doblegarme ahora, salí disparado como un rayo (o al menos eso era lo que yo creía), y mientras trotaba recordaba los consejos de mi entrañable y admirable “profe” de educación física, don Gilberto Collazos (gloria a ti gran maestro): dosificar la respiración para oxigenar el cuerpo, dos inhalaciones y una exhalación; allí iba yo, susurrando aquellos cánticos de guerra que entonábamos para darnos valor y coraje durante los rigurosos ejercicios matutinos en la FAP, y que a pesar del tiempo permanecen en mi mente:

-          ¡¡saliendo de su base los comandos ya se van, dejando atrás mujer, hijos y hogar se van, sin saber si quiera si van a volver o en algún lugar irán a caer, los comandos ya se van, se van!! … “Pasan los comandos y la tierra tiembla, cuando su bota se posa en ella, la boina negra…. Uno dos, tres cuatro, cuatro tres, dos uno, mil dos mil tres mil cuatro mil, cuatro mil tres mil dos mil un mil…”.

Estaba en pleno trote y cántico cuando un agudo dolor invadió la planta de mis pies propagándose por mis pantorrillas, canillas, rodillas y porque no decirlo, por toda la extensión de mis miembros inferiores, dolencia que daba cuenta de lo poquito subidito de peso de este otrora atlético cuerpo; pero eso no fue motivo para detenerme y quebrantar mi moral, por el contrario, me inyectó fuerzas y pronunciando aquella mágica frase miliciana que en algún momento me ayudó a vencer imposibles, continué trotando:

 -           “Moral, moral comando, todo pasa; el comando no se rinde carajo…”

Delante de mí, a unos 15 ó 20 metros aproximadamente, divisé a una persona trotando vestida con una polera negra y con la cabeza cubierta por una capucha, eso me motivó más para seguir corriendo, tener un espectador a quien demostrar mi fortaleza y mi envidiable estado físico; y a manera de reto me dije:

 -          “Vamos comando tu puedes…, tienes que pasarlo… demuestra tu moral muy en alto, como te enseñaron en la FAP”

Así que apuré el paso dispuesto a sobrepasar a este corredor que perturbaba mi visión y mi orgullo guayacho, además, no podía permitir que un comando FAP criado con leche de vaca bermeja, “uchú[15]” y “shirumbito[16] de quinquin[17] se deje ganar, invoqué a los apus de “shashcayacu”, “cuchitranca”, “huarmiyacu”, “saospampa”, “maripampa” y todas las pampas del valle del guayabamba y salí disparado a la caza de ese atleta enmascarado (a quien había bautizado así, porque estaba con capucha pe el jijuna).

Todo esfuerzo por alcanzarlo fue vano, sentía que mis fuerzas me abandonaban, ese “ñacashca” corría como un rayo y cada vez lo veía más lejos, mientras trataba de alcanzarlo giré la cabeza para ver si alguien más venía detrás mío y alcancé a ver el poste de telefónica que utilicé como señal de partida para empezar a trotar y el cual había dejado atrás hacía minutos; no puede ser me dije, por qué seguía allí este poste a pocos metros de mí, no creo que se esteé moviendo, eso sólo pasa en las películas, debe ser otro poste pensé incrédulamente tratando de reconfortarme.

Giré nuevamente la cabeza para no perder de vista a aquel furtivo corredor enmascarado que se había convertido en mi enemigo, y me percaté que se había detenido para hacer estiramiento de músculos, así que pensé, esta es mi oportunidad, lo tengo que pasar a ese “llipinsho”.

Apuré más aún el paso y en cuanto más me acercaba a él, en mi rostro se iba dibujando una sonrisa diabólica, hasta que por fin le di alcance y me preparé a sonreírle burlonamente; mientras lo sobrepasaba le miré fijamente a los ojos, provocando que el enmascarado se corra un poco la capucha para dejar ver su frente arrugada y un rostro endurecido, actitud que me intimidó un poquito y me obligó a voltear la mirada hacia otro lado, pensé que mi arrogancia competitiva le había molestado y que aquellas cejas fruncidas y frente arrugada eran signos de su molestia.

Estaba meditando sobre mi actitud mientras trotaba cuando el corredor enmascarado me dio el alcance, me puse en estado de alerta, cerré mis puños fuertemente para responder a cualquier agresión, mi corazón latía frenéticamente y mis pulsaciones se incrementaron sustancialmente, la sangre y adrenalina fluía velozmente por todo mi cuerpo, mis palpitaciones cual tambores de guerra anunciaban la proximidad del combate, me agazapé un poco para dar un salto felino directamente al cuello de mi contrincante, y en el preciso momento en que le iba a “ñequear[18]” la “singa” (golpe directo a la ñata, o sea nariz), este ser enmascarado se me acercó y  retirándose totalmente la capucha dejó ver su rostro, y delineando una sonrisa desdentada me saludó amablemente diciéndome:

-          “Bien, bien  hijitoch... criachturita de dioch… llecuerda, mente shana en cueshpo shano…” -me dijo, mostrando su rostro arrugado y de cuyas encías colgaban dos o tres dientes, como cuando  el “utusho[19]” “cashcaba” el choclito tiernito de la huerta de mama Tula.

No puede ser, me dije, parándome intempestivamente, sin poder dar crédito a lo que había visto, las arrugas de ese demacrado rostro no eran otra cosa que la juventud acumulada de ese ser que fácilmente bordeaba los 70 años; era ese decadente ser quien estaba dándome cátedra en “juting”, maratón, carrerita o como quieran llamarlo; y es a este “cochito” a quien no había podido alcanzar y pasarlo; carajo donde estamos, válgame Dios, tierra trágame, pensaba ofuscado.

A no…. no, no, no, no, me dije; ni cagando me gana este vejestorio (con todo respeto para aquellos jovencitos de juventud acumulada); y como el “correcaminos” de aquella serie animada en la que aquel plumífero era perseguido por el coyote, lancé un “bip, bip” y salí disparado tras de él, dejando una estela de polvo a mis espaldas (que alucinante no).

Hice un esfuerzo sobrehumano por alcanzarlo y pasarlo, mis canillas me temblaban pero que “shusha”, mi abultado abdomen (un poquito nada más) se movía de un lado a otro como la gelatina que vendía doña “mesh” en el mercado de Mendoza, mis ojos enrojecidos y achinados (por el sudor) miraban fijamente a mi competidor; por fin le di alcance y en clara demostración de reto le miré fijamente a los ojos, fruncí las cejas y dibujándole una sonrisa burlona continué trotando por delante de él.

Estábamos en plena batalla por pasarnos el uno al otro cuando unas abuelitas que también trotaban en ese parque nos alcanzaron y sobrepasaron (luego me entere que eran del grupo que practicaba “taichí” en el parque y que estaban en “calistenia”), un fuerte olor a naftalina entremezclado con “Charcot[20]” (“calor que penetra, calor que alivia”) se dejó sentir al paso de este grupo de simpáticas abuelitas (y no es broma); estas jurásicas féminas haciendo gala de su coquetería despintada por los años saludaron a mi competidor y siguieron trotando.

No sé qué demonios pasó en esos momentos, pero pareciera que el gesto cuasi seductor y amable de las abuelitas, motivó a mi contrincante y le inyectó nitroglicerina, dinamita o no sé qué carajo, pero el hecho es que este galán de canevaro acarició su encanecida y rala melena, se acomodó los pocos cabellos que le quedaban y pasándose las manos por la cabeza simuló peinarse con los dedos, se puso la capucha nuevamente y apresuró el paso tras las agraciadas abuelitas, dejándome rezagado como dicen en el futbol, “tirando cirunta”.

Mi orgullo de macho alfa guayacho en esos precisos momentos se cayó por los suelos, y a lo único que atiné fue a dar media vuelta y correr en sentido contrario a este grupo de simpáticos abuelitos, mi deplorable estado físico producto de la ingesta de comida, alcohol y cigarrillos de la noche buena y de la siguiente y subsiguiente noche, me indicaba que por más esfuerzo que pudiera hacer no los alcanzaría, además, el tremendo “vergüenzón[21]” y papelón por el que estaba pasando me obligaron a agachar la cabeza y voltear mi rechonchito cuerpo para volver sobre mis pasos por donde había venido; en el momento en que me di vuelta, alcancé a ver el poste y la caseta de serenazgo a unos cincuenta o sesenta metros más o menos desde donde me encontraba, lo que me perturbó más aún, pues sólo este tramo había recorrido y mi agotamiento era tal que ni siquiera cuando caminaba de Mendoza a Nuevo Chirimoto había sentido tal cansancio; nada más cincuenta o sesenta metros y ya me sentía morir, por Dios santo, que he hecho de mí, donde está esa fortaleza y envidiable estado físico cuando podía correr todo un día sin cansarme; no puede ser que sólo en este corto tramo se haya desarrollado la más cruenta batalla competitiva  entre este gordito bonachón y ese corredor enmascarado… Pero en fin, sigamos con mi historia o histeria.

En este parque hay un mini gimnasio al aire libre que alguna autoridad o los vecinos surcanos tuvieron a bien implementar; así que recogiendo los harapos de mi orgullo que estaban regados por los suelos, me dirigí allí. Ese es mi fuerte me dije, las planchas, las barras o paralelas, los abdominales, tal cual lo hacía en mi querida Fuerza Aérea, allí daré cuenta de la fortaleza y coraje de este macho mendocino caracho.

Primer ejercicio, las barras, ese es mi fuerte, y aunque no lo crean en aquellos años mozos en la FAP logré hacer hasta 57 barras en toma directa, algo inalcanzable para mis promociones; una vez estando en este mini gimnasio, salté y me colgué de las barras provocando que los abuelitos se acercaran a mirar lo que es capaz un comando FAP, guapo[22] y “chacrero[23]” de pura cepa, cargador de talegas de yuca, racacha, plátano y de “quipadas[24]” de rajas de morocho.

A no… ahora van a ver lo que es bueno y lo que puede hacer un comando FAP en las barras, me dije tomando impulso para alcanzar las barras y elevar del suelo mi rechonchito cuerpecito; moral, moral  chory, tu puedes, los abuelitos te están mirando y no puedes quedar mal, continuaba dándome valor, pero todo intento fue vano, sólo logré levantarme unos pocos centímetros desde mi posición inicial, sentía que los brazos se me desgarraban, mis dedos que fuertemente se sostenían de las barras pedían “chepi”, mis labios se tornaron de color morado al soportar la presión de mis dientes en mi afán de elevarme más, mi mentón apuntaba al cielo tratando de alcanzar la cima de la barra donde se sujetaban mis puños y mis piernas yacían adormecidas por el esfuerzo sobre humano que hacía intentando subir esta mole. Luego de batallar unos minutos o segundos para mover este adiposo cuerpo, me dejé caer al césped cual costal de papas.

Recostado boca arriba sobre el césped, levanté mis piernas que no dejaban de tambalearse y moverse frenéticamente, un bamboleo incontenible invadió mis canillas, los abuelitos al verme sacudir frenéticamente mis extremidades, se recostaron a mi lado y levantaron las piernas en afán de imitar mis movimientos, luego el corredor encapuchado se me acercó más aún y preguntó sorprendido:

 -          ¿Cómo se llama eshte ejeshisho hijito...?

Y yo, sin dejar de mover mis piernas, mordiéndome los labios y con los ojos desorbitados, aguantando lo más que pude el dolor, volteé la cara hacia él, sin poder contener más mi dolencia, le grité fuertemente como para asegurarme que me escuchara y entendiera:

-          ¡¡Calambreeeeeee mierdaaaaaaa¡¡… ¡¡viejoooo y la graaaaan flautaaaa… sobaaaa, sobaaa mierdaaaaaa!!.

No sé si fui un poquito exagerado al levantar la voz al abuelito, pero luego me percaté que de los árboles del parque que estaba cercanos a mí, una bandada de palomas huyó volando, despavoridas por aquel minúsculo grito guerrero de este brioso guayacho.

Es así que termina mi relato amigo lector, pues está demás decir que esa fue la primera y última vez que salí a correr en ese parque, además los agentes de serenazgo me habían declarado "gritón no grato", por haber asustado a los abuelitos y las palomas esa mañana.

Nota del autor: Pido las disculpas del caso por si alguna de las palabras han herido susceptibilidades o por las frases groseras, la única intensión de este humilde servidor es dotar de realismo al relato y divertir a los lectores.



[1] Dios

[2] Palabra que utilizaban nuestros padres en señal de cariño; diminutivo de compadre

[3] Amante, entripao, canal 2, la otra, y todos aquellos adjetivos utilizados para la relaciones amorosas prohibidas.

[4] Poquito

[5] Apodo dado a un tío de nombre Zoilo Cisneros, que tenía una forma peculiar de caminar, y que casi casi igualaba al paso de los toreros cuando hacían su salida triunfal del ruedo o plaza de toros.

[6] Mazamorra hecha a base de papa deshidratada oriunda de la sierra, pero que tiene un peculiar olorcito  (a “isma”); según los expertos es un concentrado de penicilina.

[7] Comegen, termitas

[8] Verruga que algunos de nuestros coloridos paisanos tenían en las manos por su afán de agarrar sapos; mis paisanos son de la creencia que el orine del sapo provocaba estas verrugas.

[9] Frase muy utilizada por los colegiales de mi época, que seguro si es guayacho conocerá, y si no fuera así, por obvias razones no diré su significado.

[10] Perros

[11] Gallina ponedora de huevos

[12] Dícese de aquellas personas de contextura delgada y que por utilizar pantalones holgados, termina resbalándose el “taparrabo” mostrando aquella parte donde termina la espalda y comienza la entrada de tamputoco.

[13] Orines

[14] Calentamiento de los músculos antes de ejercitar el cuerpo

[15] Sopa espesa hecha a base de maní verde, shirshil (huacatay) y huevo

[16] Sopa cuyo ingrediente principal es la yuca

[17] Ave de hermosos colores que se alimentaba de frutas como el caimito, y cuyo cantico parecía decir quin quin, de allí proviene su nombre.

[18] Golpear con los puños

[19] Larva de regular tamaño que se alimenta de choclos tiernos.

[20] Gel alcanforado utilizado para calentar los músculos y huesos, es utilizado a menudo por nuestros abuelitos

[21] Gran vergüenza

[22] Frase utilizada por mis paisanos para referirse a hombre fuerte

[23] Chacarero, agricultor

[24] Carga, brazada

* EPITAFIO...

* EPITAFIO...

Sufriendo en su lecho de muerte se encontraba aquel moribundo ser, tenía la mirada vaga como disimulando la nostalgia, de rato en rato contemplaba a uno que otro familiar que lo acompañaban en sus últimos suspiros de vida, eran casi las siete de la noche y la luz amarilla de aquella bombilla eléctrica que alumbraba débilmente la habitación, reflejaba en aquellos enrojecidos ojos por las lagrimas derramadas.

 

En una esquina de la habitación donde reposaba el moribundo, dos velas blancas a medio consumir alumbraban la imagen del “Señor de Ánimas” y de la virgen “María Auxiliadora”, una estampita del “Señor de los Milagros” estaba allí colocado en el centro de los dos cuadros; como si se conmovieran por aquella escena lúgubre, las imágenes de los santos parecían compartir el dolor y la tristeza que se respiraba en aquel ambiente.

 

Las mujeres que en ese momento acompañaban al moribundo, disimuladamente frotaban sus mejillas tratando de sacudirse aquellas lágrimas amargas y suspiraban pausadamente, y es que el agónico les había pedido que no llorasen y que quisiera verlos sonriendo para que así ablandasen su camino hacia la muerte y le sea menos dolorosa la inevitable partida.

 

Una vez más el moribundo miró hacia la puerta deseando desesperadamente ver ingresar a la amada que había esperado desde hacía años, miro fijamente por largos minutos y luego viró la cabeza hacia donde estaba su madre quien sentada a un costado de la cama le acariciaba aquella afiebrada frente, la miró fijamente a los ojos y con voz débil y entrecortada le dijo: …Ella va a venir… me prometió que regresaría y me vería antes de morir...

 

La madre sólo asintió con la cabeza y apretó los labios para evitar llorar, le contestó tratando de consolarlo: …Si hijo mió ella vendrá...; bajó la frente para esconder su dolor y dos lágrimas escaparon por sus mejillas, muy dentro de ella sabía que no llegaría por que aquella mujer a quien su hijo tanto esperaba estaba tan distante que ni aún un milagro hubiera podido traerla. La madre cerró los ojos, apretó el rosario que traía en las manos y elevó una oración en silencio pidiendo al altísimo que se apiadara de su hijo y que borrara la imagen de aquella mujer que aún en el lecho de muerte perturbaba la mente de su primogénito; renegó de aquel amor que un día su hijo le confesara sentir por una fugitiva y que poco a poco fue consumiendo la vida de su retoño.

 

Afuera en la calle se escuchaba las risas de los niños que alegremente jugaban a las escondidas sin presagiar lo que ocurría puertas adentro, el moribundo al escuchar aquel bullicio evocó aquellos días en que él y su amada correteaban libremente por el campo y por las calles de su pueblo natal, apretó los puños deseando retroceder el tiempo hasta aquellas épocas cuando escondido de la esquina de su casa contemplaba aquel femenino rostro, cerró los ojos para seguir recordando pero un profundo dolor en el pecho lo sacó de su ensueño, una lagrima rodó por la mejilla de aquel agonizante rostro y su madre se apresuró a secarla, él volteo nuevamente hacia ella y mirándola fijamente estiró el brazo tratando de tocar la faz de su protectora mientras decía: …No te preocupes madre mía… ella me prometió que vendría y entrará en cualquier momento por esa puerta...

 

Un profundo silencio encerró la habitación, había trascurrido casi dos horas y él seguía mirando la puerta, nadie de los presentes se atrevía a decir nada por evitar recordarla y pensaban que era suficiente el dolor sufrido por haber pasado toda una vida esperándola. Un paño humedecido en agua fría reposaba sobre la frente de aquel ser agónico y dos mantas cubrían su cuerpo recostado en aquel viejo catre, testigo de interminables noches que pasó soñándola despierto.

 

El gallo del corral dejó escuchar su canto de media noche, y lo que antes se oía como una dulce melodía, esa noche se escuchó como el presagio de un triste final; las velas que alumbraban las imágenes se habían consumido por completo y la madre se apresuró a reemplazarlas por otras nuevas, las manecillas del reloj que colgaba de la pared parecían haber detenido su marcha, un suspiro escapado de aquel cuerpo maltratado rompió el silencio de la noche, en el salón contiguo al cuarto del agonizante, los amigos y familiares habían empezado a rezar un rosario pidiendo por la salud de ese debilitado corazón que moría lentamente por amor.

 

El moribundo cerró los ojos por un largo rato y su madre se inclinó para tocar el cuerpo de éste y así cerciorarse que aún estaba vivo; él al reconocer la tibieza de esa mano rugosa que tantas veces alivió su dolor, entreabrió los ojos y casi susurrando consoló a su madre diciendo: …Aún sigo aquí madre mía… ella vendrá y yo no me iré de este mundo sin verla por última vez…

 

Así pasaron las horas y los rostros de la madre y del moribundo denotaban una palidez sepulcral por las trasnochadas sufridas desde aquel día que cayó en cama, la luz del alba comenzó a filtrarse por la hendidura de la ventana; la madre vencida por el sueño había dormitado unos minutos y despertó de un sobresalto, miró a su hijo quien permanecía despierto mirando hacia la puerta de madera. Ese día la mañana amaneció más triste que de costumbre, los madrugadores pajarillos que otrora adornaban las auroras con su melódico trinar, ese día habían enmudecido; él dejó de mirar por un momento a la puerta para voltear hacia su madre que seguía inamovible sentada al costado de su cabecera, sentía que las fuerzas lo abandonaban y que el momento había llegado, colocó sus brazos a un costado y haciendo un último esfuerzo empujó su cuerpo para acercarse al de ella, estiró el cuello para alcanzar el oído de esa dufrida madre y suspirando pronunció sus últimas palabras: …Madre ha llegado el momento de partir… sé que ella vendrá y si ya no estoy aqui, dile que nunca deje de amarla, que este amor terrenal muere aquí conmigo pero que nace un amor celestial y que la estaré esperando allá en el edén, donde seguro llegará un día para consolidar este amor que la vida se encargó de frustrar...

 

Retiró la mano que suavemente tocaba el rostro de su madre, volteó lentamente la cabeza para mirar por última vez aquella puerta de madera por la cual pasaría su amada, dejó escapar un prolongado suspiro, ensayó una sonrisa forzada y su corazón dolido de amor dejo de latir; la madre rompió en llanto y abrazando el inerte rostro de su hijo, levantó la mirada hacia el cielo para luego pronunciar: …Dios mío allá va mi hijo amado…... acógelo en tu gloria con el mismo amor intenso que él sintió por aquella mujer...

 

Las campanas del templo anunciaron su partida, el cielo abrió sus puertas y desde lo alto una tenue lluvia comenzó a fluir, el sol de la mañana al sentir tanto dolor quiso ocultar su brillo tras las nubes, todo el pueblo se enteró de aquella muerte, murió de amor decían algunos; siempre lo esperó decían otros; en la caja mortuoria yacía el cuerpo inerte de aquel sublime hombre, y aún de muerto parecía estar esperándola, ya que el rostro rígido permanecía volteado hacia la puerta.

 

En su tumba yacían ya sus restos fúnebres, había pasado cerca de un mes desde su muerte; a lo lejos ella había recibido una carta de la madre angustiada, donde le decía que su hijo estaba muriendo de amor y le suplicaba desesperadamente que viniese para salvar aquel corazón dolido y moribundo; la amada desesperada atravesó mares, ríos, desiertos, bosques y ciudades para llegar hasta donde estaba él; al ingresar al valle donde nació miró desde lo alto de aquel cerro que está a la entrada del pueblo, desde donde las casas se veían pequeñas y distantes; sintió una nostalgia por el transcurrir del tiempo y por la lejanía del ser amado, al llegar a la plaza de la ciudad bajó del carro y apresuró el paso hacia la casa donde se suponía el agonizante lo estaría esperando, al llegar frente a esa puerta de madera envejecida por el paso del tiempo y que años atrás había cruzado una que otra vez para buscar aquel compañero, esbozó una sonrisa por aquellos años de infancia e inocencia, pronto se desdibujó el rostro y sintió que el corazón se le paralizaba presagiando que algo malo había sucedido, golpeó con los puños aquella puerta buscando que alguien la atendiera y el portón comenzó a abrirse lentamente, por la hendidura apareció el rostro entristecido de aquella madre y el color negro de la vestimenta que llevaba puesta aquella pálida mujer que acababa de abrir, no hacia mas que confirmar el temor que había sentido durante todo el viaje: la partida del ser amado; la madre al verla la abrazó tiernamente y le dijo: …Hija él te esperó cada día de su vida y murió pronunciando tu nombre…

 

La amada no esperó más y sollozando pidió que la llevasen hasta la tumba que albergaba el cuerpo, al ingresar al camposanto fue corriendo hasta el sepulcro donde yacía aquel ser que dedicó su vida entera a amarla y esperarla, unas flores frescas adornaban aquella lápida sepulcral y un epitafio que él mismo pidió se lo escribiesen provocó que casi se desvaneciera…

 

… Mi Ángel, sabía que vendrías a verme… (Decía la sepulcral escritura)

 

Ahí mismo parada sobre la apacible tumba rompió en llanto, aquellos ojos menudos se llenaron de lagrimas y su corazón apenado sintió un dolor profundo que provocó que se hincara de rodillas, abrazo la fría lápida y permaneció así por largo rato, su mente cual película recorrió los momentos vividos e imaginó aquellos que les fueron arrebatados; la tarde había transcurrido lentamente y la noche preparaba su manto para cubrir los últimos rayos de luz, se limpió las lagrimas por enésima vez y lentamente se fue irguiendo hasta ponerse de pie, tomó una bocanada de aire y mirando nuevamente la lápida pronunció con voz enmudecida por el llanto: …Te amo cariño mió... espérame allá donde te encuentres por que ahí no habrá nada ni nadie que impida nuestro amor…

 

Fue tan intenso, real y profunda aquella última frase pronunciada por esa fina boca, que el cielo se apiadó de los amantes y quiso regalarles un momento para la despedida, permitió que el espíritu enamorado de quién la esperó toda una vida, bajara hasta ella en forma de una suave brisa; ella permanecía ahí parada con la mirada perdida, como queriendo penetrar aquel pedazo de tierra que la separaba del cuerpo inerte de su amante, él desde el cielo se acercó lo más que pudo hacia ella, sabía que no podía ser visto y buscó la manera de hacerla saber que estaba allí, sopló suavemente por sobre sus mejillas provocando un ligero revoloteo en sus cabellos, una extraña sensación recorrió el cuerpo de ella y pensando en su amado cerró los ojos y se dejó acariciar por aquella apacible brisa.

 

Fue efímero ese momento en la realidad, pero a ellos sólo les bastó esos segundos para sentir su amor por primera y última vez…

 

EL MAL DE OJO Y “LA SUERTISTA” DE ONCHIC

EL MAL DE OJO Y “LA SUERTISTA” DE ONCHIC

 

Recuerdo que en una ocasión mi madre se levantó temprano una vez más, para prepararnos el desayuno y poder ir al colegio; mientras freía el “tucsillo[1]” me grito desde la cocina:

 

-               ¡“Sursique[2]”, levántese ya!, se “vaste” hacer tarde “so haraganote[3]”.

 

Al escuchar su voz, me cobije más aún con la frazada tigre que mi padre había comprado en uno de sus tantos viajes a Chiclayo, mi madre al ver que no hacía caso a su llamado, vino “huilla[4]” en mano para despertarme; con una mano levanto la frazada y con la otra alzó la huilla para “nequiarme[5]” en la cabeza, estando a punto de asestar el “huillazo” cuando miró mi rostro y abrió los ojos como “besheco[6] con quicha[7]” al ver la palidez de mi cara.

 

-               Ave maría purísima, virgencita linda, este “ñacashca[8]” está todito “posheco[9]”, esta “pasao” de espanto; hay que llevarlo a la suertista de Onchic –Dijo mi madre, preocupada por el color de mi rostro.

 

Ese día no fui al colegio, mi madre, en el transcurso del día, salió hacía Onchic en busca de la “suertista”.

 

Llegada la noche, salimos hacia la casa de la suertista y por indicación de ella, me llevaron envuelto en “chal” negro; mientras caminábamos por las calles de Onchic, la luz amarilla de los focos de aquellos postes colocados de tramo en tramo se filtraban por las hendiduras del chal. Ya en la casa de esta curiosa mujer, ésta me examino rápidamente y dio su diagnostico diciendo: Tenías razón hijita, este “muchillito[10]” “ta curao hasta su perno”, vamos a prepararlo su remedio para cortarlo el “ojiau[11]” que le han hecho.

 

La suertista entro un momento a su cuarto mientras yo y mi madre esperábamos en su sala, salió con un recipiente de plástico algo viejo que no se distinguía bien por la escasa luz del “candil” que alumbraba la sala esos momentos; fruncí las cejas y entrecerré los ojos como cuando uno intenta captar mejor la imagen, buscaba descubrir que era eso que traía la suertista en las manos y ¡Madre mía! mis sospechas se hicieron ciertas, esta “grajienta[12]  mujer portaba una bacinica a medio llenar con “ishpa añeja[13]” la cual depositó en media sala; volvió a entrar y trajo consigo una tina roja descolorida y la colocó en media sala, volvió a entrar por tercera vez y regresó trayendo en sus manos “flor amarilla”, “amsacha”, verbena, igrilla y no sé que plantas más.

 

Mientras fumaba un cigarrillo “hechizo” que ella misma había fabricado con la hoja de tabaco de aquella planta que crecía tras su cocina, según decía para espantar a los malos espíritus (pero la verdad es que a esta mujer le gustaba fumar y cualquier pretexto era bueno para hacerlo), fue deshojando el ramillete de plantas que había traído consigo, en la descolorida tina colocada en media sala, luego levantó la bacinica hacia el techo de su casa y mirando hacia lo alto pronunció no se que carajo de palabras que ni ella misma se entendía; lo que provocó que me inquietara y pregunte a mi madre:

 

-               ¿Mamita que esta haciendo esta bruja?

-               “Caracho[14]” muchacho de miércoles, “calleste” que esta bendiciendo el remedio –Me contestó mi madre, susurrándome al oído para evitar que la escuchara la suertista

-               Shiiiiiiiiit, estoy llamando a mis santos apóstoles, no hagan bulla que los van a espantar  –Dijo la suertista.

 

De ser cierto que iban a venir sus santos apóstoles, de seguro que esa noche no hubiesen llegado y es que esa “ishpa” vieja olía a mil demonios que provocaba salir corriendo y gritando de ese lugar.

 

Bajó lentamente la bacinica y cerrando los ojos comenzó a echar dentro de la tina aquel líquido lechoso que asemejaba al “guarapo viejo[15]”, mientras yo sólo atinaba a taparme la nariz lo mas que pude; sacó un brebaje preparado el cual cuidaba celosamente bajo su catre y vació un poco en la tina, voltio la mirada hacia mi madre y dijo: esta mixturita es el secreto de la sanación.

 

No se que miércoles habría sido esa mixturita que al simple contacto con lo que había en la tina comenzó a salir burbujas como si estuviera hirviendo y provocó que el olor se intensificara, yo desesperado por que sabía que todo esto era el presagio de un no deseado “baño para el espanto”, busque desesperadamente soltarme de las manos de mi madre y salir corriendo, pero todo intento fue vano.

 

La suertista miro a mi madre y le pidió que me “rucullara[16]” y me metiera en la tina llena de ese nauseabundo líquido, al ver que me resistía a entrar, mi madre pidió ayuda a esta mujer, saque fuerzas de flaqueza y comencé a luchar contra estas dos “guapas[17]” huayachas que parecían dos toros por la fuerza que mostraban, seguramente será por el “puchlocro[18]”, el “shirumbito[19]” o quizás la “cuchicarita[20]” de chancho; mis fuerzas no dieron para más y estas dos “ñacashcas” lograron doblegarme, agache la cabeza y me deje introducir en la tina donde la suertista se aprestó a “shutearme[21]”, en esos momentos recordé cuando desde mi balcón veía a esos toros barrosos pasar mansamente jalados por sus matarifes camino al camal, así me sentía yo en esos momentos y me compadecí de aquellos “pobshitos[22]” animalitos de Dios.

 

Parado “rrucullita[23]” sobre la tina, con la cabeza gacha y las manos entrecruzadas sobre aquella pequeña protuberancia de mi cuerpo (pene para los “opashcones[24]” que no entienden), esperaba como aquellos toros barrosos que me dieran la estocada final, me consolaba pensando que sólo sería un par de minutos lo que tendría que soportar a ese fétido liquido; estaba en ese trance como poseído por sus apóstoles de la suertista, que sólo levanté la mirada cuando ésta “bancusique[25]” mujer cogió una tasa vieja y sacando un poco de ese caldo preparado en la tina, miró a mi madre y le dijo:

 

-               Tiene que tormarlo toditito, hasta la última gota, sino no hace efecto el remedio.

-               Ay diosito, amito lindo, noooooooooooooooo –Grite desesperado haciendo el último esfuerzo por soltarme de las manos de mi madre que cual tenazas apretaban mis muñecas.

-               Tómeselo “condenao muchacho” sino no te vas a curar del “cuyao[26]” –Decía mi madre mordiéndose los labios por el esfuerzo que hacía al apretar mis mejillas para abrir la boca.

 

No me quedó más remedio que someterme, y es que usted no ha visto ese “punche[27]” que se maneja mi madre, producto de las “rajas” de leña que cargaba continuamente desde la chacra. Luego de beber ese liquido hediondo,  sentí que el estomago se me revolvía y la cabeza me daba vueltas, provocando que vomitara, hecho que fue celebrado por la suertista y mi madre ya que según ellas acababa de salir el mal que me habían dado en “bocado[28]”.

 

No aguanté más la “ira” que sentía en esos momentos por el tremendo atropello a mi dignidad de “macho[29]” mendocino, así como por el engaño del que estaba siendo objeto mi madre, y mientras abrazaba mi “panza” levanté la mirada y frunciendo mi frente deje salir el “colerón[30]” que me embargaba, mire fijamente a la suertista y mordiéndome los labios le grite:

 

-               Vieja cochina “bancusique” “concha tu sipo[31]”, me has “bañao” con tu “ishpa” y me has “dao” de tragar tu cochinada, ya te jodiste lo voy a decir a mi papá que venga y te de un “lluquetazo[32]” en tu “sipo” para que te deje “huishto[33], huishto” so “Shicracha[34]”.

-               Cállese, cállese “teteco[35]”, “daniao[36]”, quédese “quetsito[37]” para secarle rapidito tu “mollera” antes que te resfríes –Decía mi madre.

 

La suertista dejó escuchar una carcajada ya que mis palabras lejos de preocuparle le habían provocado risa, además ya estaba acostumbrada a escucharlas ya que con esta era las “cuchucientas[38]” veces que pase por su altar de curación; recibió el dinero con el que mi madre pago la “cura”, sacó un pañuelo percudido de entre sus “chuchos[39]”, el cual estaba hábilmente amarrado con las cuatro esquinas fungiendo ser un monedero, desató los nudos y depositando el dinero en el pañuelo lo volvió a amarrar y a guardar en aquella “caja fuerte”, se voltio dando la espalda y dejó ver su regordete trasero cubierto con una “pollera[40]” negra, besó a una imagen de San Antonio que se velaba en una repisa polvorienta y vieja por el paso del tiempo ubicada en una esquina de su sala, y volviéndose hacia mi madre le recomendó que no dejara que me bañara tres días, sino esto causaría que el efecto se cortara y de nada serviría la curación.

 

Salimos de la casa de esta curiosa mujer y mientras caminábamos hacía  nuestra casa, los perros de los paisanos “onchinos[41]” salían ladrándonos  y se acercaban intentando mordernos; pero al olfatear el insoportable olor impregnado en mi cuerpo, salían aullando como si hubieran visto al mismísimo “shapingo[42]”.

 

Al día siguiente tenía que ir al colegio obligatoriamente por que estábamos en exámenes bimestrales, y eso era lo que más me preocupaba ya que no podía tirarme la “vaca[43]”; tenía una variedad de colonias y perfúmense gracias a que mis tíos y hermanos  residentes en Lima me mandaban a menudo, según ellos para oler mas bacán y tener éxito con mis “cholas[44]”, ese día elegí una de un frasco azul que en otras ocasiones había “arrochado[45]” por que su aroma era muy intenso, buscaba que el aroma penetrante del perfume mitigue un poco el olor que me había dejado la curación; a escondidas de mi madre me vacié el frasco sobre mi cuerpo y grande fue mi desilusión por que al entremezclarse los aromas provocaron que oliera como cuando te orina la “cecopa[46]” o cuando pisas “isma[47]” de chancho polanchino.

 

Me retracé a propósito en ir al colegio, pretendiendo llegar cuando ya todos habían ingresado al aula y evitar así la formación que diariamente se llevaba a cabo en el patio principal, llegué hasta la puerta del aula y mire a todos mis compañeros quienes estaban concentrados en el examen de Matemática que ya había empezado, me detuve un momento y pensé en si ingresar o no, estuve a punto de retirarme cuando escuche la voz autoritaria del profesor mandando que ingrese, mire a todos lados y al fondo vi una carpeta vacía, agradecí a “taitito amito[48]” por que pensé que el se había apiadado de este “sursique[49]” y había puesto una carpeta lejos de mis compañeros, apenas había ingresado cuando todos mis compañeros rompieron su concentración y tapándose la nariz voltearon su mirada acusadora hacía mí que en esos momentos rogaba al cielo que me tragara la tierra.

 

-               Este cochino se ha “soltao” un “pedo[50]” al entrar –Decía uno de mis compañeros

-               “Asu macho[51]” como huele este “concha su vida” –Decía otro

-               “Concha su vida” que “fuerrte[52]” hiede este “rosha[53]”, parece que ha comido perro muerto –Seguían los insultos

-               Profe “voteleste” del salón a este cochino, asqueroso, hediondo  –pedían algunos

 

Yo acurrucado en mi carpeta en el fondo del salón, defendía mi posición como un buen soldado en el campo de batalla, como cuando el “canchul[54]” se siente acorralado y queriendo morder lanza chillidos pretendiendo ahuyentar a sus perseguidores, los mire fijamente a todos y les dije:

 

-               Cállense “caracho”, “jijuna una gran flauta”, acaso yo estoy hediendo así, rosquetes de “mierrda” por que no le dicen nada al calín “pezuñento[55]” que está apestando, además yo no soy el que hiede, es su perro de don Babil que se ha muerto “aquishito[56]” no mas y que las “shucas[57]” lo están tragando.

 

Bueno ese día me premiaron por mis palabras subidas de tono,  me gane un pasaje directo a la oficina del Director y con “orejiada[58]” incluida.

 

De seguro que más de un paisano lector de esta peculiar historia ha pasado por la casa de la suertista de Onchic, aquella longeva mujer que “sacaba la suerte” leyendo sus “naipes” y vivía a un extremo de Onchic (obvie su nombre para evitar herir susceptibilidades);  y seguramente que también fue “shuteado” con rosa amarilla, amsacha e ishpa vieja, si fue usted uno de esos incautos huayachos quizá esta esbozando una sonrisa en estos momentos, y si no fuera así, hay que brindar por nuestras curiosas mujeres huayachas capaces de curar del “pulsario”, “ojiau”, espanto y hasta de cuando te “cuya” el difunto.

 

 



[1] Tucsiche.- Especie de panecillo hecho a base de yuca

[2] Sursique.- Poto flaco

[3] Haraganote.- Haragán

[4] Huilla.- Cucharon de palo

[5] Nequiar.- Golpear con los puños

[6] Besheco.- Becerro

[7] Quicha.- Diarrea

[8] Ñacashca.- Desgraciado, Condenado

[9] Posheco.- Pálido

[10] Cuchillito.- Niñito

[11] Ojiau.- Ojeado, mal de ojo

[12] Grajienta.- Pícara, vivaracha

[13] Ishpa añeja.- Orina guardado

[14] Caracho.- Carajo

[15] Guarapo viejo.- Jugo de caña fermentado

[16] Rucullara.- Calateara

[17] Guapas.- Fuertes

[18] Puchlocro.- Locro puchco (fermentado)

[19] Shirumbito.- Sopa hecha a base de yuca

[20] Cuchicarita.- Pellejo de chancho

[21] Shutear.- Mojar

[22] Pobshito.- Pobrecito

[23] Rucullita.- Calatito

[24] Opashcones.- Opas, gafos, sonsos

[25] Bancusique.- Poto grande

[26] Cuyau.- Mal de ojo

[27] Punche.- Biceps

[28] Bocado.- Creencia de los Huayachos de que te hacen maldades por medio de bocados de comida

[29] Macho.- Utilizado por los mendocinos para hacer referencia a hombría

[30] Colerón.- Cólera intensa

[31] Sipo.- Poto

[32] Lluquetazo.- Golpe de puñete o patada

[33] Huishto.- Torcido

[34] Shicracha.- Vieja

[35] Teteco.- Menudo, muermo

[36] Dañao.- Dañado

[37] Quetsito.- Quieto

[38] Cuchucientas.- Ochocientas

[39] Chuchos.- Tetas

[40] Pollera.- Falda larga

[41] Onchinos.- Paisanos de Onchic

[42] Shapingo.- Diablo, Demonio

[43] Vaca.- Faltar al colegio

[44] Cholas.- Enamoradas

[45] Arrochao.- Descartado, no mostrar interés

[46] Cecopa.- Bicho volador que tiene como medio de defensa para huir de sus depredadores, dejar escapar un olor desagradable

[47] Isma.- Estiercol

[48] Taitito amito.- Dios

[49] Sursique.- Poto flaco

[50] Pedo.- Gas, flatulencia

[51] Asu macho.- Exclamación de sorpresa

[52] Fuerrte.- Fuerte

[53] Rosha.- Maricón, rosquete, afeminado,

[54] Canchul.- Muca, marsupial

[55] Pezuñento.- Al quien lo apesta los pies

[56] Aquishito.- Aquí cerca

[57] Shucas.- Gallinazos

[58] Orejiau.- Jalón de orejas

QUE TAL PARTIDO: HISTORIA JUVENIL

QUE TAL PARTIDO: HISTORIA JUVENIL

Sentados en las escalinatas de la canchita de fulbito de la Guardia Civil (GC) que hacían de tribunas, luego de haber terminado un reñido partido de fulbito, descansaban los amigos Lucho “chichifri”, su hermano “el cholito”, Wilder “pato”, Omar “lomudo”, Calin “maduro”, Emito y Eddy García, el “chino Ruiz”, Percy Baca”, Shego “churrazco y nuestro infaltable amigo el “chory”;  los integrantes del equipo que ganaron estaban cobrando las apuestas a los que perdieron, y es que se había hecho costumbre jugar estas “apuestitas” todas las tardes después de salir del colegio, en esta “canchita” de fulbito de la GC. Estaban en eso de cobrar las apuestas cuando el “chory” dijo:

 

-         “Tay[1]” dañaos, aca uno se saca el ancho jugando por una “quina[2]”, mientras que en Chaupimonte todos los domingos juegan unos partidazos por un “lechón”, una “ollon”  de escabeche de gallina “pacla”  o un “cuisito” con sus papitas con maní.

 

No había terminado de hablar cuando Lucho se paro como un resorte y frotandose las manos preguntó:

 

-        ¿Franco lo que estás diciendo? ¿y cuanto hay que dar para inscribirnos?

-        “Ashito[3]” no más; es una miseria y además yo le conozco a don “moshvico[4]” quién organiza estos partidazos, podemos decirle que nos fíe si nos falta “guita[5]” –Dijo el Chory haciendo una señal de poco con las manos.

 

Motivados por los premios que mencionó el Chory, los amigos se pusieron de acuerdo para juntarse el domingo y partir rumbo a chaupi en busca de esos premios; de todos ellos se habían escogido los que mejor jugaban para conformar el equipo y los demás los acompañarían para hacerles “barra”.

 

Así llegó el domingo y los amigos comenzaron a juntarse de uno en uno; el Chory sería el guía de estos entrañables amigos ya que por conocer a la gente del caserío de Chaupimonte, él era el más indicado para negociar con los organizadores del campeonato relámpago y lograr que aceptarán al equipo de amigos para participar  en el mismo. Cerca al medio día el Chory salió de su casa con una mochila entre sus manos, dentro de ella llevaba sus implementos deportivos, no había almorzado por que según el con el equipazo de fulbito que estaba llevando de seguro se ganaba la fuente de escabeche de gallina o el cuy con papas y maní, y había que guardar estomago. Al pasar por la casa del “pato” soltó un silbido llamando a su “cumpa”; el pato contestó con otro silbido y salio presuroso:

-        “Hableste[6]” cumpita chory, ya estaste listo para ir a ganar ese escabechito y “llushpir” esa fuente – Dijo el pato quien traía en la mano una “jicra[7]” con sus implementos deportivos

-        Claro pe cumpita, ahorita nos vamos pa chaupi y les hacemos leñas a esos chaupimontinos, nuestro equipo juega “tizita” y le vamos a “cabrear” que da miedo a los chaupis – Contesto el chory.

 

Luego pasaron por la casa del lomudo, emito, Eddy y todos juntos se dirigieron a la plaza, lugar donde habían pactado para reunirse todos los amigos; no habían terminado de sentarse cuando por la esquina de la panadería de doña Ludy se veía venir al “chichifri” junto a su hermano “el cholito” y el churrasco, por la esquina del Lisandro apareció con su característico caminar pausado “el maduro”, éste “ñacashca” caminaba lento y “pausao”, tambaleando su cuerpo y cabeza de un lado para el otro y era fácil distinguirlo a la distancia cuando se aproximaba.  

 

Luego de haberse reunido todos, Lucho que era el más “shicracho[8]” de todos, comenzó a verificar si estaban todos los que conformarían el equipo, después de confirmar que estaban completos enrumbaron hacia Chaupimonte; por el camino el grupo de amigos iban contándose chistes y haciéndose bromas entre ellos, al pasar por el puente Leiva, todos ellos se aproximaron hacia el lado izquierdo del mismo, para ver a los “plateados” que atraídos por los desperdicios que dejaba el camión de la basura al arrojar su carga al río, nadaban atrevidamente dejando mostrar el brillo de sus escamas que reflejaba por efecto de ese sol radiante; de pronto Lucho salió corriendo hacia el camino que  conduce al mismo río, los demás miraban desde arriba atónitos sin entender lo que pasaba, vieron a Lucho lanzarse al agua sonriendo de manera triunfal y meter la mano como intentando agarrar algo, luego saco la mano del agua y levantándola para ver mejor lo que había cogido, con el rostro desilusionado dijo:

 

-       “Pucha mare” sólo era una lata de atún, yo pensé que era plata o algo “chevere[9]

 

Se dejó escuchar una carcajada de los amigos que observaban desde el puente, luego comprendieron que Lucho, al ver que algo brillaba en las aguas poco profundas, pensó que eran monedas o algo por el estilo; y no dejaba de tener razón en su actitud ya que se sabía que en oportunidades algunas personas habían encontrado monedas u otras cosas de valor que algún mendocino descuidado arrojaba a la basura, y que iba a parar al río que en esa época era el botadero de los desperdicios de la comunidad.

 

Así retomaron su camino y al llegar a Leiva se pararon ya que habían escuchado el ruido de un motor que venía por la carretera desde Mendoza; sonrieron alegres ya que según ellos ese sonido provenía de un carro el cual les llevaría hasta Chaupimonte; esperaron largo rato y ese carro no aparecía, pensaron que seguramente estaba “cuadrado” y retomaron su caminar; habían caminado unos cincuenta metros más o menos cuando el ruido de ese motor los hizo voltear, y grande fue su sorpresa cundo vieron que se trataba de un tractor.

 

Hicieron señas al conductor para que los subiera y éste accedió, todos se acomodaron como pudieron y la maquina emprendió la marcha; había transcurrido como un cuarto de hora desde que subieron al tractor y sólo habían avanzado algo de trescientos metros por lo que decidieron bajar y caminar.

 

-        Hay cumpita, hemos sido unos “bolsudos[10]” para subirnos al tractor, “toditito” mi “chuma[11]” “ta” que se mueve como alfeñique, si hubiéramos “caminao” ya hubieramos “llegao” –Dijo el Chory algo molesto por la lentitud de la maquina e indicando que el movimiento del tractor había provocado un bamboleo en su cabeza.

-        Si cumpita, a mi me ha hecho doler mi “sipo[12]” –Respondía el pato agarrándose ligeramente sus nalgas.

 

Una vez que llegaron los amigos al potrero de don Anaximandro Mori que había sido acondicionado como el “campo” de fútbol de Chaupimonte, entraron triunfales por la tranca que conduce al mismo, estos “llipinshos[13]” ya se creían campeones sin haber jugado y hasta creo que venían vivando; Chory y Lucho fueron directamente a don “moshvico” y le solicitaron que inscribiera al equipo de amigos:

 

-        Don “moshvico” cuanto hay que pagar para la inscripción de nuestro equipo –Pregunto el Chory

-        Hay cumpita y a ustedes quien les ha “invitao” –Contestó don “moshvico”

-        Miguel Grau y pancho Bologñesi  -Dijo el Chory enseñando un billete de mil intis y otro de cinco mil en cuyas caras se mostraba la imagen de estos héroes.

-        Pucha ahí si le cago don “vico” esos son más poderosos que “taita amito” –Dijo Lucho refiriéndose al poder del dinero.

-        Ve acá esta su hijo del “chichifri”, usted cumpita “vendraste[14]” a arbitrar no mas pue –Contestó don “moshvico” mirando a Lucho y haciendo referencia a que era hijo del arbitro por excelencia de la provincia.

-        Ya don “moshvico” como es, nos “vaste” a dejar jugar o le digo a mi papá que la otra semana no le contrate para la “cutipa” –Dijo el Chory amenazando a don “moshvico” de que si no los dejaba jugar este no sería contratado como peón para desyerbar la chacra del padre de este “surshique[15]”.

 

Es así como fueron aceptados y en realidad estos amigos se complementaban muy bien para el fulbito que hacían destrezas con la pelota; todos los chaupimontinos habían llegado a ver los partidos y es que era tradicional que los domingos las familias de ese caserío se concentraran en el “campo” de don “mando” Mori para disfrutar de una tarde deportiva y olvidarse por unas horas de las faenas cotidianas de la agricultura.

 

En el primer partido se enfrentaron las “escuadras” de Puquio y Naranjo, luego lo hizo Cucho y Convento, posterior fue Chaupimonte con “los amigos”, este último era el nombre con que habían bautizado al equipo del Chory y sus amigos. El equipo de los amigos fue el deleite de la tarde, recuerdo muy bien que las chaupimontinas que se encontraban jugando su partido de voleibol a un costado del “campo” de fulbito, dejaron de jugar y se acercaron a ver a estos ases del balompié, quienes habían adquirido su destreza gracias a que estos “vadulaques[16]” paraban todas las tardes jugando en la canchita de la GC.

 

El equipo de los amigos había ganado por goleada a todos sus rivales y estando a punto de recibir el lechón que era el  premio mayor, don “moshvico”, quien era un “piconazo[17]”, se acercó y dijo que las reglas habían cambiado, que teníamos que enfrentarnos nuevamente al equipo de Chaupimonte porque éste era el organizador del campeonato relámpago; no nos quedó otra y a regañadientes tuvimos que volver a nuestras posiciones dentro del campo de fulbito.

 

El equipo de Chaupimonte se habían reunido a un costado de la “cancha” y se podía observar a don “moshvico” hablar a los demás jugadores como si estaría arengándoles; el árbitro del encuentro era un vecino del caserío de Cucho que había jugado por ese lugar, estaba apunto de dar el pitazo inicial cuando se acercó a éste un morador de Chaupimonte y luego de hablarle por unos segundos al oído, tomó su lugar y dio inicio al último encuentro de la tarde y aca, el que ganaba se llevaba el premio.

 

Chory tenía la pelota y hábilmente hace un quiebre dejando parado a uno de los chaupimontinos, pasa el balompié a Lucho y este comienza a correr con él, atrás de éste va corriendo don “moshvico” y con un salto felino se arroja pierna en alto hacía el cuerpo de Lucho, éste último sale volando y cae al piso con un chichón en la “canilla”, todo el equipo de los amigos se acerca al árbitro a reclamarle por qué no había cobrado foul; terminado el incidente vuelve a reanudarse el partido y esta vez es “el maduro” quien tiene la pelota pero no por mucho tiempo ya que otra vez “moshvico” saltó encima de él y logro anotar su segundo chichón de la tarde. Lucho, molesto por los continuos fouls que venían cometiendo los chaupimontinos y por que el árbitro no cobraba, agarró la pelota y la metió bajo su polo.

 

-       No, no, no, así no es, no saben jugar limpio, don “moshvico” casi le “shaquea[18]” la canilla a varios de nosotros y el árbitro “bizco” no dice nada, si siguen así nos vamos –Dijo enfurecido Lucho quien era el más “shicracho” entre todos los amigos.

-        Jueguen no mas “mavaljes[19]” o tiene miedo, por un “planchazo” se asustan, parecen “roshas[20]” –Decía don “moshvico” tratando de justificar la tremenda “macheteada” que había propiciado esta tarde a cada uno de los amigos.

 

El partido se reanudo con el compromiso de que no volverían a agredir a los jugadores de “los amigos”, pero vano fueron las promesas por que igual los “convidaron” codazos, patadas, cabezazos, “lluquetazos[21]” y toda clase de golpes habidos y por haber; lo más indignante fue que el árbitro les cobró dos o tres penales que no existieron, todo con el propósito de que Chaupimonte se quedara con el premio.

 

Finalmente Chaupimonte se quedó con el lechón y Lucho que era otro “piconazo” y no le gustaba perder, no sabía como “sacarse el clavo”,  es así que yéndose a lavarse la cara en la quebrada que pasa por un costado del campo, y que a propósito era la que le servía de desagüe a la familia de don “mando” Mori (si no lo sabías Lucho, ahora ya lo sabes y a mi parecer eso conservó tu cutis terso y lo libro de las “shicras[22]” que ya daban cuenta de tu rostro), volvió con un pomo color miel que aún conservaba la etiqueta de un remedio para ganado vacuno, y que hábilmente Lucho había cerrado como si estaría nuevo, preguntó al Chory quien era ganadero en el grupo de chaupimontinos que reposaban al costado del campo, y éste último, apuntando con el dedo le señale a don “mando” Mori.

 

-       Señor “mando”, no “quiereste” comprar un remedio para su ganado –Dijo Lucho acercándose a don “mando” y mostrándole el frasco.

-        Hay cumpita este es justo lo que estaba necesitando para mi vaquita, ¿De donde lo hazte sacado? –Pregunto don “mando” interesado en comprarle el falso remedio

-       Mi papa tiene bastante y yo le “tirao” “estito”, si me “daste” veinte mil intis se lo vendo –Dijo Lucho.

-       Ya “ahorita” mismo le doy la plata –Repitió don “mando”.

 

Los chaupimontinos se habían acercado a mirar el remedio que Lucho estaba vendiendo y alguno de ellos decían también querer comprárselo, por lo que don mando sacó rápidamente dos billetes de diez mil intis de su bolsillo y se le acercó a Lucho quién sonreía de oreja a oreja; estando a punto de entregar los dos billetes cuando don “mando” retiró levemente la mano y preguntó.

 

-       ¿Pero como es la dosis, cuanto hay que darlo al “ganao”?

-       Facilito no mas don “mando”, usted le da una cucharadita por cada setenta arrobas –Contestó Lucho, mientras estiraba los brazos para recibir los billetes.

 

Todos los chaupimontinos que observaban a Lucho se miraron a los ojos y comenzaron a reírse a carcajadas, Lucho volteó la mirada hacia el Chory y dijo: ¿Qué?, tratando de entender a que se debía las risas.

 

-         “Tabaste[23]” tan bien cumpita hasta que la fregaste diciendo una cucharadita por cada 70 arrobas, no “sabeste” que cada arroba tiene 11 kilos y medio y nunca se ha visto un toro de 70 arrobas “so burro” –Dijo el Chory a Lucho quien recién comprendió las burlas

 

Si Lucho no hubiera dicho tal burrada, de seguro vendía su falso remedio, pero esa tarde estos amigos regresaron sin un sólo Inti en sus bolsillos, adoloridos y con más de un chichón en sus cuerpos; el Chory se quedó ya que su abuela se encontraba entre la muchedumbre y compadecida por que su nieto no había ganado ese picante de cuy, le ofreció preparárselo y además este “llipinsho” tenía una motocicleta con la cual más tarde regresaría a Mendoza.

 

Ya de regreso en Mendoza, cuando el Chory descansaba apacible en su cama, recuperándome de los golpes que había recibido en ese partido de fulbito, cerca de las 7 de la noche llegaron a su casa el maduro con el Lucho para pedirle cebollas, él preguntó para que era y le contestaron que estaban preparando un gallo “pacla[24]” en la casa de Lucho, y que por eso estaban pidiendo colaboración a todos los que habían jugado; esta respuesta confundió al Chory por lo que preguntó:

 

-       ¿Gallo pacla? ¿Y de donde lo sacaron si perdimos en el partido?

-        Mira cumpita usted “creeste” en Dios –Preguntó Lucho

-       Claro pue cumpa  -Contestó el Chory

-        Ya, “mireste” ve, Diosito es bien bueno porque mientras veníamos caminando a Mendoza, en la última casita de la carretera a la salida de Chaupi, se nos cruzó ese gallo y como estábamos recontra “asaos” y “piconazos”, lo correteamos hasta agarrarlo –Dijo Lucho

-       Si, y ese rato el  “shapingo[25]” se nos metió y nos hizo ver al gallito en una “cashque[26]” adornado con cebollita, zanahoria y lechuguita –Dijo el maduro

-        Además este gallo es chaupimontino y tiene que pagar por todos los chichones que nos han hecho sus paisanos, este “pacla” se está sacrificar para curar nuestras heridas –Agregó Lucho

 

Bueno el Chory, todo inocente, creyó en las palabras de sus amigos y se dirigió a la cocina de su casa a sacar un par de cebollas; estaba por salir con los tubérculos cuando fue interceptado por su madre.

 

-        ¿Qué haces metido en la cocina?, ¿Y qué estas sacando? –Preguntó la madre

-        Nada viejita, he venido a sacar un par de cebollas para hacer un experimento con mis amigos –Contestó el Chory

-        ¿Que experimento? –Preguntó la madre de éste

-        Nada, nada mamita linda, te acuerdas de esa hembrita que te conté de quién estaba “templao[27]”, ya pué me han dicho que si me sobo dos cebollas en mi cuerpo y me dejo ver por ella, me va a querer como si le hubiera “pusangueado” –Contestó el Chory

-        Anda “mentecato[28]”, “dejeste” de hablar sonseras y “digameste” la verdad –Increpó la madre

-       Por la “chumita[29]” mamita, tu sabes que estoy “templao” como panza de burro muerto –Dijo el Chory a su madre mientras llevaba el dedo pulgar hacía la boca para hacer la señal de juramento.

-        Ah ya, “tieneste” razón yo también he escuchado esa creencia, pero no es en el cuerpo sino en los ojos, a ver “sobestelo” en mi delante para que le haga caso esa “tiluma[30]” -Dijo la madre del Chory mientras colocaba sus brazos en la cintura esperando que este “mentecato” se frotara los  ojos con esos tubérculos.

 

La madre del Chory dejó que éste se frotara los ojos con las cebollas y sólo lo detuvo cuando éste no paraba de llorar por efecto de estos tubérculos.

 

-         Ya “vadulaque”, ahora si me “vaste” a contar la verdad –Preguntó la madre del Chory

-         Si mamita linda, “asu mare” arde que da miedo mi ojo, “echeleste” más agüita –Suplicaba el Chory frotándose frenéticamente los ojos

-        Ahora si le cuento la purita franqueza, lo que pasa es que yo y mis amigos  jugamos un partido en Chaupi y hemos ganado un gallo pacla y queremos prepararlo en la casa del Lucho –Contestó el Chory

-        “Vayaste a ver” estos sinvergüenzas, ese es el gallo que se le ha perdido en la tarde a mi cuma Luzdina, ese es su gallo con el que saca raza so “grajiento[31]”, que vergüenza que va a pensar si le digo que tu y tus amigos se lo han robado –Dijo la madre del Chory dejando ver su contrariedad.

-       No mamita, yo no he sido y a mi amigo Lucho lo ha regalado Diosito ese gallo, además mi tía Luzdina  tiene bastante y es bien tacaña prefiere que “la peste” lo mate a sus gallinas antes que comerlas –Contestó el Chory

-      Cuidadito “vayaste” a comer ni su pluma de ese gallo robado, sino “taita amito[32]” le va a castigar y se “vaste” a atorar –Contestó la madre del Chory.

 

Mientras esto ocurría, Lucho y maduro esperaban en la puerta de mi casa, el Chory salió luego con un par de cebollas que hábilmente había sustraído de la despensa de la cocina, y se los entregó a estos dos “vadulaques” indicándoles que no podía ir con ellos a disfrutar de ese suculento “gallo pacla colorao”.

 

Esta fue una de las muchas palomilladas que el Chory paso junto a sus entrañables amigos mendocinos, y de esta historia sólo recuerdo que la tía Luzdina llegó llorando a la casa del Chory por que se había perdido su gallo “pacla colorao” con el cual sacaba raza, y que este “shapingo” agachó la cabeza mientras su madre lo miraba disimuladamente, y a manera de consolar a doña Luzdina le dijo:

 

-        Cumita, seguro se lo ha llevado el huayhuashillo[33], o “derrepente” ha sido un grupo de huayhuashillos –Dijo la madre del Chory mirándole con un rostro desencajado por la vergüenza y la cólera que en ese momento sentía.

 

Por lo demás me queda decirlos que cuando me encontraba con alguno de estos amigos y recordábamos a manera de anécdota, algunos de los que participaron en el secuestro y sacrificio del animal pronunciaban aquellas sabias palabras: “El que no ha robado una gallina en su época de colegial para prepararse un suculento caldo o un sabroso escabeche que tire la primera piedra”

 

Nota: Un tributo por la amistad mendocina y por aquellos momentos de disfrute y gozo bajo el cielo azul del otrora apacible y mágico valle del guayabamba; una remembranza por aquellos amigos que hoy lejos de ese fructífero valle, triunfan en tierras extrañas llenas de desafíos y obstáculos. Para dos grandes amigos, Lucho y El Cholito que hoy han cambiado el hablar cantado del huayacho por el catalán o alguna otra lengua romance española.

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Tay.- Es una expresión despectiva, algo así como cochino

[2] Quina.- Se refería a 500 Intis lo que hoy equivale a 50 céntimos de Nuevo Sol.

[3] Ashito.- Relativo al tamaño o cantidad y era pronunciado por los huayachos cuando se referían a pequeño o poco

[4] Moshvico.- Diminutivo del nombre Moisés Víctor

[5] Guita.- Dinero

[6] Hableste.- Hable usted

[7] Jicra.- Especie de bolso tejido a base de rafia o soguilla hecha de la penca del maguey

[8] Shicracho.- Viejo, con arrugas en el rostro

[9] Chevere.- Bonito, hermoso

[10] Bolsudo.- Opa, Gafo, Sonso

[11] Chuma.- Cabeza

[12] Sipo.- Trasero, posadera, poto

[13] Llipinshos.- Palomillas (creo), sino preguntele a la miss Amelia, ella sabrá explicarles lo que significa

[14] Vendraste.- Vendra usted

[15] Sursique.- Persona delgada, desnalgado.

[16] Vadulaques.- Que para en la calle, vago

[17] Piconazo.- Picón, que no le gusta perder

[18] Shaquea.- Quiebra, astillar

[19] Mavalges.- inutiles

[20] Roshas.- Afeminados, “rosquete”

[21] Lluquetazos.- Izquierdazos

[22] Shicras.- Arrugas

[23] Tabaste.- Estabas

[24] Pacla.- Gallo o gallina grande

[25] Shapingo.- Demonio

[26] Cashque.- Olla de barro

[27] Templao.- Enamorado

[28] Mentecato.- Mentiroso

[29] Chumita.- Era la manera de jurar de la juventud mendocina

[30] Tiluma.- Lantosa

[31] Grajiento.- Igual a sinvergüenza

[32] Tayta amito.- Dios

[33] Huayhuashillo.- Especie de comadreja que se alimenta de las aves de corral

 

 

LA PRIMERA ILUSIÓN

LA PRIMERA ILUSIÓN

Corredor que da acceso al colegio TRM

El reloj despertador dio las 6:00 en punto y dejó escuchar ese campaneo ensordecedor que despertaba a medio vecindario, el niño de un salto felino abandonó la cama, se puso de pie y frotándose los ojos levantó los brazos hacia el techo dejando escapar un prolongado bostezo, se dirigió hacia la cocina donde su madre a la luz del candil bombeaba la cocina a kerosén para preparar el desayuno, camino medio dormido hacia su progenitora y dibujando una sonrisa la saludo con un beso en la mejilla.

 

Se cepilló los dientes, se quitó la ropa y antes de entrar a la ducha tocó el agua que caía como lluvia retirando sus manos casi al instante, pronunciando un silencioso “lai que frió está”, bajó la mirada hacia un costado del baño y vio el vapor que escapaba de la olleta en la que su madre gentilmente había calentado agua para el baño de su pequeño; más allá estaba la tina color roja donde depositaba el agua caliente para bañarse en aquellas gélidas mañanas; luego de bañarse se apresuró a secarse y cubriéndose con la toalla se dirigió hacia su cuarto, allí, sobre su cama estaba su uniforme escolar planchado impecablemente por su laboriosa madre, se puso la camisa y aún podía sentir la tibieza que había dejado la plancha al lidiar con las arrugas de su vestimenta.

 

Luego de cambiarse se miró en el espejo y comenzó a peinarse el cabello delineando una perfecta raya al costado, se apresuró hacia la mesa de madera que fungía de comedor en la cocina, donde el desayuno estaba servido, saboreo el “tucsiche” apenas bajado de la sartén, cogió un pan de la cesta y lentamente fue introduciéndole en su taza de café donde el queso  estaba a punto de hacerse “chicle”.

 

Luego de terminar a tomar su desayuno, cogió sus cuadernos de la mesa que le servía de escritorio y escogiendo aquellos que correspondían a ese día según el “horario de clases” que estaba pegado en la pared, los metió en su mochila y despidiéndose de su madre salió presuroso rumbo al colegio.

 

En el trayecto se encontró con un compañero de aula y luego de saludarse enrumbaron hacia su colegio, ese día lunes por la mañana, las calles de Mendoza amanecían más alegres que de costumbre y es que los alumnos desfilaban en parejas o en grupos, correteando, riéndose y otros cantando o silbando, y  ese jolgorio alegraba más aún la mañana; el fío no dejaba de trinar y la angusa que estratégicamente permanecía en las hileras de alambres que colgaban de los postes de alumbrado eléctrico, de rato en rato revoloteaba tratando de alcanzar a las mariposas, chicharras o algún otro insecto volador cuyo ojo perspicaz detectaba.

 

Era una mañana primaveral y el sol irradiaba desde temprano resaltando más aún ese cielo azul mendocino; los alumnos iban caminando y al pasar por la casa  de algún compañero, dejaban escapar un silbido que previamente habían pactado en señal de clave para el llamado entre ellos. Una vez frente al portón metálico que  daba ingreso al colegio, se aprestaban a cruzarlo y desde allí comenzaba una especie de pasarela por ese prolongado corredor de concreto que llevaba hasta el patio principal del colegio donde los alumnos formaban antes de entrar a clases.

 

El niño cruzó todo el corredor que da al colegio y de rato en rato miraba de un lado a otro como si tratara de ubicar algo, al llegar al patio principal miro hacia todos lados y aquel rostro sonriente que minutos antes había mostrado al cruzar el portón del colegio, se esfumó y dio paso a un rostro preocupado y angustiado; él y su amigo habían sido los primeros en llegar al colegio y es que había una fuerza que le motivaba a levantarse bien temprano para llegar primero, pero su corta edad no le permitía comprender que era aquello todavía; los dos amigos se sentaron en el corredor que da frente a la entrada principal al patio y el niño dejaba mostrar su angustia motivando a que su amiguito le preguntara reiteradas veces lo que le estaba pasando, obteniendo como respuesta un silencio prolongado.

 

El reloj iba a dar las 8:00 de la mañana, los alumnos habían formado grupos en el patio del colegio y el bullicio proveniente de estos mozalbetes opacaba el canto de las madrugadores golondrinas que revoloteaban por encima del techo de calamina, que a la luz del sol brillaba resaltando más aún el color blanco de las paredes del colegio; allí estaba Charo y junto a ella Sonia, más allá estaba Asunta, Chio y otras compañeritas de aulas que sonreían inocentes contándose las anécdotas del fin de semana que pasó. La campana que llamaba a formación dejó oír su retuendo y los alumnos comenzaron a formar presurosos, el niño no salía de su angustia, sentía que algo le faltaba, allí estaban todas sus amiguitas menos una, ella era una de las más queridas y aún no había llegado; se preguntaba en silencio si algo le había pasado y su “chochera” de al lado que ya se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo, le consolaba diciendo que no se preocupara ya que ella casi siempre llegaba tarde.

 

El Brigadier General mando “en columna cubrir”, a alinearse y luego se dejo escuchar aquellas letras entrañables del himno del colegio... “Salve colegio querido, dulce nido de amor y virtud...”, rezaron el Padre Nuestro y comenzaron a desfilar a aulas en forma ordenada; el niño buscó con la mirada en las filas de las niñas para ver si ella había llegado y no pudo ubicarla, estando por entrar al salón de clases, sintió que una voz femenina le hablaba desde atrás y le decía “hola ya llegué”, él se apresuró a voltear la mirada desde donde provenían esas apacibles palabras y allí estaba la China, por fin había llegado y con ella la sonrisa volvió al rostro del niño, no cruzaron más palabras y entraron al aula, se sentaron en sus carpetas respectivas y ligeramente distantes, y mientras el profesor explicaba la clase ellos intercambiaban miradas fugaces.

 

El retuendo de la campana que anunciaba el recreo se dejo oír y cual avecillas que abandonan la jaula, los alumnos salieron corriendo hacia el patio; allí se fueron juntando Charo, Sonia, la China y el niño; él no quiso preguntarla porque había demorado en llegar, no era prudente desperdiciar el tiempo en preguntas tontas, Charo propuso ir a comer guayaba en el potrero de don “oshquita” que colinda con el colegio y así lo hicieron. Una vez llegado al potrero, el niño se saco los zapatos y se subió ágilmente a un guayabo, miro a su alrededor tratando de ubicar la guayaba más grande y madura, la cogió y desde abajo Charo y Sonia pedían que se las entregara pero él se la dio a la China.

 

Ella recibió la guayaba y en señal de agradecimiento le regalo una sonrisa que enterneció más aún aquel rostro angelical, de regreso a las aulas, en el trayecto aquellos amigos venían jugueteando y riéndose alejados por un instante de las preocupaciones propias de la vida  colegial. La clase de ese día terminó y todos los alumnos salieron del colegio rumbo a sus casas, la odisea que se mostraba por las mañanas cuando éstos venían al colegio, se volvía a repetir por las tardes cuando retornaban a sus hogares; ese día el niño, luego de cumplir con sus tareas cotidianas dejadas por los profesores, se fue a dormir contento, pues en su infantil mente permanecía aquella sonrisa y aquel bello rostro de la más querida de sus compañeritas, la China Marina.

Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección

Vista parcial de la ciudad de Mendoza, al fondo se observa el cerro de leiva, la colpa y Huambo

PARA MIS PAISANOS, UNA HISTORIA DONDE SE PLASMA UNA ANCESTRAL COSTUMBRE DE NUESTRO QUERIDO MENDOZA "DOMINGO DE RESURRECCIÓN", LOS NOMBRES SON VERDADEROS Y LOS HECHOS SON REALES, TRANSMITIDOS AL AUTOR POR UN HIDALGO CABALLERO, MI BUEN PADRE. ESTO ES UN TRIBUTO A MIS ABUELOS QUIENES NACIERON Y MURIERON EN ESTA HERMOSA TIERRA, CUNA DE GENTE GENEROSA, FERTIL Y VIRTUOSA EN SUS SUELOS Y HABITANTES.


Es sábado por la noche, en el caserío de Chaupimonte, provincia de Rodríguez de Mendoza, los pobladores se han acostado, procurando dormir temprano, buscando ser la familia ganadora al levantarse más temprano que los vecinos y festejar el “Domingo de Resurrección”, día en que “Taita Dios” resucita victorioso luego de su crucifixión y muerte en la cruz, y para este día ya los “chaupimontinos” se han venido preparando, es por eso que antes de ir a la cama don Marcos Grández lavó el “perolito” de cobre donde cocinará el lechón que sacrificó, la gallina, la yuca y demás potajes del que será el mejor banquete del año.

Atrás quedaron los cuarenta días de vigilia que se guarda antes de la “semana mayor” (Semana Santa) y es en estos cuarenta días que según la costumbre de los “Huayachos” y mas específicos de los “Chaupis” , no se debe ingerir alimento que contenga cualquier tipo de carne, en reconocimiento ayuno que guardó nuestro señor Jesús durante su permanencia en el desierto; y si esto les parece un elevado sentido de fe católica, pues es poco comparado con la fe profesada durante los tres días que anteceden al “Domingo de Resurrección”, y es que estos días los “moradores del Valle del Huayabamba” están prohibidos de comer carne, escuchar música, entonar canciones o silbar, realizar fiestas, clavar estacas o clavos o realizar cualquier faena que implique agarrar herramientas, etc.

Así transcurren las horas, y en la casa de don Marcos, al igual que en la de don Valbino Iberico o doña Agustina Villa no se ha podido “pegar un ojo” preocupados en ser los primeros en levantarse, y tocar el “perol” en señal de victoria, y de haber vencido al vecindario al levantarse más temprano a degustar de ese rico y suculento banquete, pues según la tradición, la hora más apropiada para hacerlo es levantándose a las cuatro de la mañana, siendo una buena hora para asegurar la victoria, y tocar orgullosamente el “perol” en señal de triunfo.

En las calles, la calma es eterna, solo se escuchan el cantar de las chicharras y demás insectos y bichos oriundos de nuestra selva peruana, y de rato en rato, un ladrido de alguno de los perros del vecindario rompe el silencio parcial de la noche, quizás, haciéndonos saber su posición vigilante y de alerta a cualquier individuo que trate de acercarse a la propiedad de su amo, o quizás, persiguiendo al “canchul” o al “huayhuashillo” , que intentan robarse los huevos o las “pondoras” (ponedoras); por lo demás todo transcurre en calma.

En las casas, han transcurrido unas horas, y el estado de alerta e insomnio que viven sus ocupantes hace parecer que fuera una eternidad, acostados sobre el lecho matrimonial don Marcos y doña Dorila, de rato en rato entablan conversación, casi susurrando para no despertar a sus hijos.

- Dorila ¿estas durmiendo?, pregunta don Marcos
- No, no puedo dormir; ¿qué hora será?, contesta
- Debe ser casi “media noche”, prosigue
- Has “dejao” todo listo, no te has “olvidao” nada
- Si, ya lo “dejao” listo el “arrozum”, las “tronchas” y el resto.

El canto de un gallo los aparta de su conversación, y saben que tienen que dormir aunque sea un corto tiempo, pues necesitan recuperar las fuerzas que perdieron en el día, durante el ajetreo de los preparativos; además saben que el primer canto del gallo, coincidentemente, es en el transcurso de la una de la mañana y en esta oportunidad ya se escuchó cantar al primero de estos madrugadores animales, y junto con esté, casi en simultaneo, se comienza a escuchar el coro de cantos de los gallos del vecindario, como si estarían lanzándose retos con su canto.

El cansancio y el sueño termina por doblegarlos, y ambos se quedan dormidos, pero de rato en rato, la preocupación de la festividad próxima hace que despierten y vuelvan a dormirse en más de una ocasión. Así transcurre las horas hasta que un fuerte campaneo de un perol, los despierta; y no es otra cosa que la señal de victoria de doña “Agucha” quien en virtud por haberse levantado más temprano - cuatro y cinco de la mañana así lo confirma la radio a pilas Rayo Vac y las infaltables emisoras ecuatorianas que deleitaban con sus pasillos - toca el “perol” ayudada de su “huilla” , con el único propósito de levantar a todo el vecindario. Es en ese entonces, que todos los vecinos, al escuchar tal campaneo, como impulsados por un resorte, saltan de la cama y ayudados por una linterna o un “tubular” corren a la cocina, ahora, la única esperanza de victoria es comer más rápido que los demás y poder tocar el perol en virtud de ser el más rápido en acabar el banquete.

- ¿Cuantos huevos vas a querer Marcos?, pregunta doña Dorila
- Siete u ocho, y “ponme” bastante “yuquita”
- Apúrense hay que “tragar” rápido para ganarle a la “agucha” y al valbino.

El banquete personal consistía en carne de res, chancho, gallina, medio cuy, seis, siete u ocho huevos según elección del comensal, plátano cocinado la infaltable yuca, una taza o mas de mazamorra de maíz, el suculento juane , entre otras cosas más.

Más que un desayuno apresurado por la mañana, parecía una carrera de glotones y la única razón era terminar primero, y hacerles saber a los vecinos quien era el más rápido, ayudados por el campaneo del perol al ser golpeado con la huilla.

Don Marcos Grández, ya comió como par toda una semana y sólo le queda un pedazo de juane en su plato, lo coge, y dando el último bocado, sin esperar más se apresura en silencio, aun con el manjar en la boca, hacia donde esta su “perolito” y agarrándolo por el asa, sale al corredor de su casa y mirando hacia la casa de doña “agucha” y de don Valbino, golpea el perol una y otra vez con la “huilla”, dejándose escuchar el eco del campaneo.

- Me habrás “ganao” levantándote más temprano, pero no me ganas en tragar más rápido”- pronuncia don Marcos Grández mirando hacia la casa de doña agucha

Ese día, cuando los vecinos se reúnan, comentarán quien fue el que triunfó despertando a los demás y que familia terminó a comer más rápido, y aun los derrotados, disfrutarán sabiendo que tienen otra oportunidad más, solo les queda prepararse y levantarse más temprano, y si es posible, no dormir el próximo “Domingo de Resurrección”.

“EL CASAMIENTO GUAYACHO DE ANTAÑO ”

“EL CASAMIENTO GUAYACHO DE ANTAÑO ”

Vista de la acogedora plaza de armas de Mendoza

Esta historia es una de las tantas que mi padre me narró a la luz de un “foco” Philips de 50 W, que más parecía un “candil”; y bajo la grata compañía del “huashpay” y su inseparable compañera la “timba”, que hacían de esas tardes envidiablemente agradables.

El matrimonio en mis paisanos guayachos tenía sus peculiaridades que hacían una costumbre propia del valle. Esta tradición ancestral se ha ido perdiendo paulatinamente, o ha ido mutando obligada por los avatares de la modernidad; cambios que finalmente conllevarán a extinguirle totalmente de la memoria de los moradores del valle del Guayabamba.

Es mi intención contribuir a recordar esta ancestral tradición, que hoy en día, y particularmente en los caseríos, se viene practicando, aunque con las innovaciones propias que el tiempo ha ido estampando. De esta manera me permito remontarme en el tiempo y hacer una remembranza sobre lo que fue esta peculiar costumbre.

Cuando un joven guayacho comenzaba a sentir ese cosquilleo característico en el pecho y el estomago, y su mente no dejaba de lanzar imágenes inventadas de sesiones románticas al lado de alguna “buenamoza” guayabambina en un paraje paradisíaco de nuestro incomparable provincia, y que además de ponernos o bien super creativo o bien super “opas”; era el momento preciso en que nuestro amigo Cupido había lanzado sus flechas del amor y se había anclado en el corazón de ese afortunado paisano; en otras palabras “el amor toco su huilliche”.

Las continuas salidas a jugar pelota en el “campo”, a bailar nuestras insuperables “verbenas” o “retretas” e incluso a escuchar misa; habían sido las responsables de que este paisano se “haiga vuelto opa” y “templao” de una agraciada mujer mendocina; ah y no necesariamente era una vecina, sino que podía ser de otro caserío cercano e incluso de uno alejado y diferente a donde pertenecía el “buenmozo”.

Los padres del enamoradizo muchacho se habían percatado de los cambios radicales en su hijo y se rompían “la chuma” (cabeza) pensando, con la intención de dar con el motivo de esa transformación en su hijo.

- “Shego, no se que le esta pasando al Nico” ¿no te has dado cuenta? – Decía la madre algo preocupada, despierta aún en el lecho matrimonial -
- “Sí, me “fijao”, antes andaba todito “mashcaron” ahora se lava la cara, después sale “chumita” y “linchecito” con su ropa”, que le estará pasando a este “ñacashca” – Contestaba el padre, mientras se acurrucaba dentro de su “poncho de lana” que hacía las veces de frazada -
- “Pa mi que “lan curao” o “lan ojiao” – Proseguía la madre
- “No, este “simplón” anda de “huayna”, seguro que “sa templao” de alguna “puquina” – Decía el padre al referirse que su hijo se enamoro de alguna “buena moza” del caserío de Puquio
Como no se darían cuenta sus padres del cambio que había sufrido “Nico”, si éste antes andaba con la “chuma” despeinada, la ropa sin planchar y algo “tishnada”, todo sudoroso y que se bañaba dejando dos o tres días; ahora salía peinadito, la camisa “tizita” y se bañaba diariamente en el “chorro” cercano al patio de su casa.

Una vez hecho el diagnosticó de ese algo que motivo a todo ese cambio personal en “Nico” y que no era otra cosa más que el “mal de amores”, sólo quedaba apoyarle en su decisión de seguir con este juego de romance que finalmente le llevaría al noviazgo y luego al matrimonio; total que podían hacer estos padres si ellos también se conocieron de similar manera.

El enamoradizo “Nico” se había enamorado de “Leonor”, una agraciada guayabambina del caserío de Puquio, esto gracias a las tardes deportivas organizadas por los caseríos de Chaupimonte y Puquio y a cuyos “campos” (improvisados estadios para lo cual acondicionaban algún potrero y que finalmente quedaba establecido como tal) a los cuales concurrían alternadamente; el premio a los equipos de futbol y voley ganadores era una fuente tamaño familiar del suculento picante de cuy, para lo cual sacrificaban seis u ocho cuyes al que acompañaban con papas y maní tostado, o en otros casos era escabeche de gallina.

“Nico” convencido de que Leonor es la mujer de sus sueños y por quien se “rajaría el lomo” para conquistar su amor, tenía que encontrar a un “alcahuete” que se encargue de convencer a la “buenamoza”, de que él era una buena persona, trabajadora, responsable y “nadida” borracho; ah pero sobre todo, de que viene de una muy buena familia y que esta completamente “templao” de ella.

Esta vez “Nico” escogió a su inseparable compañero de “retretas”, “verbenas” y “moliendas para la chancona”, su “cumpa” “Shalva”. Juntos estos dos “llipinshos” salían al atardecer y partían con dirección a Puquio, la intención era llegar a la casa de Leonor y disfrutar de la belleza que tenía anonadado a “Nico”; para esto, buen lugar era el cafetal que se ubicaba al frente de la casa de la “Lenchito”.

- ¡Fi, fi, fi, fi, fiuuuuuuuu! – lanzó un silbido al pasar por la casa de su “cumpa” “Shalva” -
- ¡Fi, fi, fi, fi, fiuuuuuuuu! – Contestó “Shalva”, con otro silbido similar.

Esta forma de comunicarse entre “cumpas” era peculiar en los guayachos, y se usaba a manera de claves personales para las salidas; las tonadas de los silbidos entre unos “cumpas” era diferente a los de otros, por eso se reconocía cuando se nos estaba llamando.

- Cumpita “Shalva”, me “acompañaste” a la casa de la “lenchito” como hemos “quedao” – decia “Nico” mientras “Shalva” miraba anonadado a éste por la zapatilla “chumita” que calzaba, por lo bien peinado y por lo bañadito que estaba –
- Hay cumpita, “pareseste” “inginiero” o “doctor” así cualquiera se tiempla de usted – decia “Shalva” animando a su “cumpita” “Nico”, por lo impecable de su persona
- “Esperemeste” un ratito, entro y saco mi linterna “Everady” de dos pilas, y nos vamos - continuó “Shalva” mientras subía la escalera que le conducía a su dormitorio.

Al poco rato retornó “Shalva” con su linterna y con algo más en sus manos

- ¿Qué “pes traeste cumpita? – pregunto “Nico”
- Una “medita” de “huashpay” para darnos “animo”, “hecheleste” un poquito “cumpita”, el resto lo llevamos para el camino - Decía “shalva” mientras ofrecía el aguardiente a su compadre.

Así partieron estos dos amigos a la busca de su adora “lenchito”, quien aún ignoraba de las buenas intenciones de “Nico”; claro que ella sospechaba ya que en varias oportunidades en el “campo” y cuando se cruzaba con “Nico”, éste la miraba tiernamente mientras pasaba y luego cuando ella volteaba, bajaba la mirada ruborizado disimulando su “encantamiento”.

Luego de caminar un largo rato, pasaron cerca a la “tranca” que daba a la casa de “Lencho”; la estrategia era ubicarse en un lugar cercano desde donde se pueda ver los movimientos de la “buena moza”; para esto habían elegido el cafetal que está frente a la casa. “Brincaron” el “pilancón” y comenzaron a internarse en el cafetal, buscando un lugar que les permita observar mejor; mientras caminaban por medio del cafetal se les escucha conversar:

- “Cuidao cumpita”, no “vayaste” a pisar jergón.
- No se “preocupeste cumpita”, la jergón apesta más feo que la “secopa” y se le huele a la distancia, no creo que sea tan “sopenco” para pisarla.
- Pucha creo que “pisao” un sapo, a ver “alumbreste” cumpita con su linterna – dice Nico a Shalva
- No cumpita, no es sapo, es “isma” de baca – afirma Shalva luego de alumbrar y confirmar que era excremento de ganado.
- Lao mi “dominguera”, ya lo “fregue” todita – dice Nico refiriéndose a que había ensuciado sus zapatillas con el escremento.

Permanecieron un largo rato en el cafetal, mirando hacia la casa y esperando que en cualquier momento salga Leonor y poder observar su esbelta figura; no les importaba ni los zancudos que acometían a los ocasionales visitantes, ni la posibilidad de que una jergón, que acostumbraba habitar los cafetales, pueda estar merodeando en esos momentos.

Así el sol se ocultó y dejo caer el manto oscuro de la noche, al poco rato una luna resplandeciente volvió a iluminar parcialmente la oscuridad de la noche; en el cafetal los dos amigos murmuraban de rato en rato acompañados por el canto alegre de las lombrices, las chicharras, la “talacuay” y hasta del “shihuin”.

- “Hecheleste” otra copita “cumpita”, para que “mateste” el frío – Decía Shalva
- A ver, a ver cumpita, “invitemeste” un poquito para frotar mi brazo, estos zancudos “illunshos” ya me van a tragar con “rropa” y todo – pronunciaba Nico.
- Parece que alguien esta saliendo de la cocina, he visto un “tubular” – Dijo Pedro al ver una persona que salía de la cocina, alumbrándose con un “candil”
- Si, si, es mi “lenchito” – dijo Nico mientras sonreía de emoción al ver que era Leonor la que salía de la cocina, para dirigirse a la escalera que finalmente le conduciría al dormitorio familiar.

Grande fue la emoción de Nico que sin darse cuenta había hecho ruido al pisar las ramas y hojas secas, tanto así que motivo a los dos perros guardianes que cuidaban la casa de “lenchito”, y comenzaron a ladrar.

- “Chuo”, “chuo”, “ladron” – Se escuchaba una voz desde dentro de la casa, al escuchar a los perros ladrar, alentándolos a corretear al supuesto ladrón que seguramente habían olfateado estos canes -
- Ay cumpita, ya nos descubrieron esos “quishques”, mejor vámonos antes de que nos muerdan - Dijo presuroso Shalva -
- ¿Quishques?, esos “grajientos” perros parecen caballo “cumpita” y si vienen nos tragan enterito, mejor vamos ya – Pronunció Nico
- Además ya lo vi a mi “lenchito” y esta “buenamoza” como siempre – prosiguió Nico -
- Usted si esta más “templao” que el bombo de mi cumpa Balvino, “cumpita” – Continuó Shalva dirigiendose a Nico –

No terminaron de hablar cuando vieron al padre de Leonor salir con su candil hacia el patio de su casa

- “Chuo”, “Chuo” - azuzaba a sus perros mientras cogia una “huicapa” y se aprestaba a lanzarla hacia el lugar donde se encontraban los dos compadres-
- “Canchul grajiento”, no vas a poderte llevar mis “pondoras” – decía el padre de lencho pensando que el ruido era producto de alguna muca que merodeaba a sus gallinas

Era normal que estas ocasionales visitas al cafetal se repitiera en más de una oportunidad; luego seguía el acercamiento del “alcahuete” para tratar de convencer a “lencho” de lo conveniente que sería aceptar a Nico, pero para esto faltaba mucho todavía.

Nico, enterado que el papá de “lencho” iba a construir un “cañal”, se ofrece de peón; todo vale con tal de congraciarse con la familia de su amada y en particular con ella.

- Don Rigo, me “enterao” que “vasta” “tenerr” una “huahuachada”, ¿no “vasta” querer peón? – Pregunta Nico al padre de Leonor
- Si, pero ¿cuanto estas cobrando el jornal? – Pregunta don Rigo a Nico
- Bueno cinco reales, pero “noste” preocupes, si quiere después me “pagaste” – Dice Nico
- A bueno así siendo entonces “véngate” el martes temprano, y afila bien tu “machete” por que vamos a “huahuachar” duro.

Los padres de Leonor que ya se habían percatado de las intenciones de Nico para con su hija, ni cortos ni perezosos se prestaban a sacar provecho de esta situación, “ocupandolo” en faenas de “huahuachada”, “cutipa”, “tira”, “rose”, etc.

No vaya a creer amigo lector que esto era un tipo de explotación, bueno en realidad si lo fue, pero esta situación pasaba normalmente en las familias guayachas de antaño, y además constituyó la única forma de seleccionar a un buen pretendiente para casarlo con la hija; de esta manera optaban por el más “chambero”, por alguien que no sea un “borrachoso” y sobre todo que venga de “buena familia”. De más esta decir que el “encantamiento” del muchacho duraba días, meses e incluso más de un año; situación que bien sacaban provecho la familia de las “buenamozas”.

Pasado tres o cuatro meses de continuas jornadas de trabajo no remuneradas o mal remuneradas, sirviendo a la familia de su amada, Nico se da cuenta que a llegado el momento de declarar su amor a “Lencho”, además ya fue suficiente sacrifico y ésta ya debe estar convencida de que él es un “buen partido”.

Para esta colosal tarea Nico no ha tenido mejor idea que fortalecer su tenacidad, valor y espíritu libando el “dúlcete huashpay”, elixir bendito que da fortaleza a los más débiles, infunde valor en los temerosos y es la panacea por excelencia de los males de fiebre, dolor de cabeza, picadura de insectos, dolor de muela y tantos males que aquejaban a nuestros paisanos guayachos; en ese sentido, como olvidarnos del “draquecito” hecho a base de aguardiente y agua.

Luego de tomarse sus traguitos, Nico se dirigió a la casa de su “cumpita” Shalva para pactar una serenata, a la luz de la luna, en la casa de Lencho y de esta manera hacer conocer a ella y sus familiares del gran amor que sentía.

- Cumpita Shalva, hoy es el gran día, “alisteste” el redoblante y la “hoja de huactana o naranja” para soplar, ya que no hay “acorrdión”.
- “Yasta” listo cumpita, cuando usted “digaste” arrancamos la “diana”.

Así, partieron rumbo a la casa de “lenchito”, al llegar a ésta, se ubicaron a prudente distancia para cuidarse de los perros y del padre celoso que bien podía reaccionar adversamente a su hazaña y consecuentemente podría costarles una mordedura de perro o una merecida “chicoteada”.

- Un, dos, tres va – Decia Nico dirigiendo el inicio de la serenata
- Tum, tum, tum, tum, tururum, tururum – se escuchaba el sonido del redoblante acorde con la hoja de “huactana” que colocada hábilmente entre los labios de Shalva y al soplarla entonaba finas y armoniosas melodías.
- Para ti “lenchito” con infinito amor, “Como la flor del café, que perfuma el pensamiento……” - Nico dejaba escuchar su canción, claro que con esas copas de más que momentos antes había ingerido tratando de darse valor, usted se imaginara el tono de voz que le salía de la garganta, que mas que una canción parecía el sonido de un “run run” hecho a base de tuza y bolsita de marciano.

De pronto la canción fue interrumpida por un grito desesperado de Shalva, quien soltando el redoblante y la hoja pronunció:

- ¡Cumpita, “corraste” hay sale don Rigo! - Dijo Shalva refiriéndose a que el padre de “lencho” había hecho su aparición en la escena, armado de una delgada “varilla de café”, de esas que se utiliza para “paliar” vivoras.

Shalva no terminó de pronunciar su frase y salió disparado, Nico por su parte, debido a su embriaguez, en vez de correr en dirección contraria al futuro suegro, corrió hacia él.

- Con que con serenatitas no “ñacahsca”, tu y tu serenatita te vas al demonio, mi hija no es “pa ti”, ella se casará con un “repucho” – Decía el padre de Leonor, mientras “chicotiaba” con la “bara” una y otra vez al pobre de Nico quien yacía en el suelo.
- Ayayau, ayayau don Rigo, ya no me “vareste”, “quema”, “quema”, yo lo quiero a su hija y eso no es malo – Decía Nico a quien el dolor de la “paliadura” le había “destorcido” la borrachera que segundos antes evidenciaba.

Fíjense como será de efectiva el palo de café contra la borrachera, que en cuestión de segundo había cambiado el estado de embriaguez de Nico en sobriedad, y éste salió disparado como alma que lleva el diablo; tanto fue el dolor que en su alocada carrera sobrepaso a su “cumpa” shalva y dijo:

- “Corraste cumpita”, corraste, si nos alcanza don Rigo nos mata –Decía Nico mientras frotaba frenéticamente las nalgas, tratando de calmar el dolor que le provocó las “chicoteada”
- Ay cumpita, eso le pasa por andar de Juan Tenorio – Decía Shalva dirigiéndose a Nico.
- Pucha este “bolsudo” lo ha “dejao” todito “shicra” mi “sique” – Decia Nico mientras se agarraba las nalgas, refiriéndose a las marcas dejadas por la “varillas” en sus nalgas.
- Que “rremedio” tan efectivo cumpita, se le quito la borrachera – Pronunciaba Shalva, al ver que Nico estaba “sano” en comparación a su estado de embriaguez de minutos antes.
- Ay cumpita, si no sería por el “huashpaysito” que me convidaste me hubiera hecho “aullar como perro” de dolor – Respondió Nico.

Así estos dos amigos retornaron a su caserio, que no distaba mucho de Puquio, y en la tranca de Shalva se detuvieron y festejaban el momento burlándose ya sea de la cara de “espanto” de Nico al huir de la golpiza, o reclamándole a Shalva por no auxiliarlo de la misma. Luego se despidieron y se fueron a descansar, total mañana sería otro día y tenían que trabajar.

Al día siguiente, mientras “cutipaban” una parcela de maní en una faena de un vecino del caserío, Shalva mirando y sonriéndole a Nico preguntaba de rato en rato:

- Cumpita como va ese “sique”, le han “dao” duro como a “jergón”
- Ay cumpita, si “vieraste” como está, parece “tishnao” de la negrura que me ha “dejao” el “bolsudo” del viejo; pero ya se fregó, por que le voy a cobrar hasta el último real de las faenas que le “trabajao” gratis al “grajiento” – Decía Nico al referirse a don Rigo.

Así esta experiencia de la paliza se convirtió en un pacto sagrado entre los compadres, con la intención de que no se divulgara y de que Nico fuera objeto de burlas entre la juventud del caserío.

- Cumpita no me “vayaste” ajoder delante del “moshvico”, del “alsha”, del Percy, si no esos “grajientos” se van a reír de mi – Suplicaba Nico a su compadre Shalva.
- “Corraste cuidado cumpita”, mi boca es una tumba y así me “paleen” no voy a decir nada – Contestaba Shalva, asegurando su silencio.

Pero usted sabe amigo y paisano, que a la luz de un “tubular” y en la compañía de un “huashpay espumoso”, los amigos departían comentando sus anécdotas más significativas y salían a relucir situaciones como las que pasó nuestro amigo Nico, es por eso que durante un tiempo este mozalbete fue el hazmerreír de su circulo de amigos, hasta que fue reemplazado por otro contemporáneo y a quien le había sucedido un caso similar.

Pasado el tiempo y transcurrido el enamoramiento y el noviazgo de esta pareja huayacha, los padres acordaron la fecha del matrimonio; se repartieron t los gastos de la boda, y acordaron como la realizarían:

- Bueno don Rigo, por mi parte yo lo contrato a “los Muelones de Puquio” o a “Los Carrizales” de Santa Rosa – Decía el padre de Nico, refiriéndose a dos de las bandas de músicos más solicitadas del momento
- Ya, don “Shego”, entonces yo “camaleo” mi “bermejo” para dar de “tragar” a los invitados – Pronunciaba don Rigo, refiriéndose a que sacrificaría su res para la comida de los invitados.
- Bueno usted “veaste”, por que eso es tarea de los padrinos – Pronunciaba don Shego, refiriéndose a que en estos menesteres los padrinos tenían el compromiso de velar por la comida de los invitados.
- Donde lo hacemos – Preguntaba don Shego
- En el salón del “mando” – Contestaba don Rigo, al referirse a la casa de don Anaximando que contaba con un salón amplio y el cual era utilizado continuamente para las fiestas de la comunidad.

Y así transcurrieron los días, faltando poco para la fecha de la boda, el novio y la novia buscan un amigo en común para que organicen la despedida de solteros (también podían hacerlo por separado, pero generalmente lo hacían juntos); esta despedida consistía en una celebración de un baile en el cual invitaban a todos sus allegados y disfrutaban de las melodías del momento.

La novia tenia que casarse de blanco, de esta manera daba a conocer a los concurrentes su pureza y virginidad, además, tenía que afirmar tal condición al novio ya que él lo descubriría de todas maneras en la noche de la boda y podía hasta cancelar la misma.

Efectivamente, en la noche de “funcias”, después del “palabreo” declamado por el novio, la novia acude a sus aposentos a cambiarse de vestido; es en ese momento y cuando todos los presentes están distraídos por las alegres melodías de la “banda de músicos”, en que el novio se escurre sigilosamente del salón de baile y se dirige en busca de su esposa, dando rienda suelta a su prolongada pasión; si él descubre que ha sido engañado respecto a la virginidad de la desposada, puede acudir presuroso al salón de baile y pedir silencio dando a conocer a los presentes sobre el engaño y luego “devuelve” a la esposa a sus padres; aquí se acababa la fiesta. Pero pierda cuidado amigo lector, que estas situaciones eran muy poco frecuentes en mi querido valle del Guayabamba.

Nuestro amigo “Nico” salió triunfante esa noche y dejo muy en alto el orgullo masculino de los guayachos; como siempre el varón del valle es un semental, ¿Será por la guayaba?, ¿Será por el chamico? ¿Por la amsacha? o ¿Por la pitajaya?, no se sabe; pero de lo que si estoy seguro es de que le ha “gustao” al “condenao” de Nico, por que en poco tiempo ya tenía cinco “muchillos”, según el quería completar su equipo de fútbol, con arbitro y jueces de línea incluido; a tal ritmo nuestro amigo terminó todo “posheco”,“cajetón” y “sursique”.

¡¡SACRILEGIO!!, ALGUIEN SE HA ROBADO EL CUERPO DE CRISTO – ANÉCDOTA NAVIDEÑA

¡¡SACRILEGIO!!, ALGUIEN SE HA ROBADO EL CUERPO DE CRISTO – ANÉCDOTA NAVIDEÑA

Tradicional procesión mendocina

Día 14 de diciembre del año 1990, la sección del 4to. año del colegio Toribio Rodriguez de Mendoza ha venido deliberando por más de una semana para escoger el lugar desde donde traerán las “champas”, árboles ornamentales, helechos y “huicundos” que finalmente dará forma al “nacimiento” (pesebre) que adornará el templo de San Nicolás.

Monitoreados por la simpática y siempre recordada amiga del alumnado “Miss Amelia”, entusiasta profesora de ingles que calo en mi mente de tal manera que en muchas ocasiones cuando estoy en la ducha, involuntariamente mi subconsciente me apresura a tararear aquella inolvidable canción del “good day teacher, good day teacher, how are you, very well thanks you” y sonrió en silencio recordando aquellas mañanas de ingles, cuando la “miss” no se cansaba de escribir y llenaba una y otra vez la pizarra con sus inolvidables lecciones. Además como olvidar a aquella gentil profesora, si este servidor también fue uno más del staff de chóferes Ad honorem que gustosamente lo transportaba desde su casa al colegio y del colegio a su casa en su incomparable y fiel moto Yamaha 100 color azul; claro que a veces, en complicidad con un compañero de aulas nos “tirábamos la vaca” (faltar a clase), sigilosamente agarrábamos la moto que estaba estacionada cerca al taller de carpintería del TRM y empujándola sin prenderla, para que la “miss” no escuche, lo sacábamos y emprendíamos la marcha rumbo a Huambo, Mariscal u otro lugar; la pobre “miss” a regañadientes tenía que recorrer el trayecto desde el colegio hasta su casa a pie. Bueno, ofrezco disculpas públicas por esta palomillada a mi “miss Amelia” y que el señor la colme de bendiciones.

Retornando al salón de aula del 4to. año, se desarrollaba un dialogo acalorado:

- bueno, bueno “panfilos” (como cariñosamente nos llamaba la “miss” cuando estaba ligeramente molesta), en que quedamos, Huarmiaco o Callejón – Decía la “Miss Amelia” refiriéndose a los dos lugares pre seleccionados para traer las “champas” -
- ¡Huarmiaco “miss”! - decían un grupo de alumnos -
- ¡No!, ¡Callejón “miss”! – Contradecían otro grupo de alumnos
- ¡Ccallate callejonino posheco! – Pronunciaba algún alumno refiriéndose a otro que procedía del caserío de Callejón.
- ¡silence! ¡silence!, ¡seat! ¡seat! (silencio, silencio, sentarse, sentarse) o se deciden o se van a “freír monos en sartén de palo” – proseguía la miss, pronunciando su famosa frase patentada por ella.
- ¡Por último, yo soy la profesora y yo decido aquí! ¡nos vamos a Huarmiaco!
- No pe miss, y donde queda la democracia que nos ha “enseñao” la profesora Gilma – Profería alguno de los alumnos
- ¡Qué democracia y democracia!, no me “friegues” con tu democracia, a mi no me vengas con esas tonterías “so panfilo”, eso dile al Hilber “buchón”, a la Gilma al “Shego” a mi no.
- ¡Ja, ja, ja! – se escuchaba las risas burlonas de los alumnos que celebraban el singular “apodo” pronunciado por la “miss” hacia uno de sus compañeros.

En esa mañana colegial, la democracia fue apabullada por el autoritarismo de nuestra querida “miss”, que cuando se proponía en algo no había alumno, profesor o “gente” que lo parara. Bueno es así como, por decisión unilateral, el lugar elegido fue Huarmiaco, el día adecuado un sábado por la mañana y la hora convenida las 8:00 am., para burlar al abrasador sol navideño que en esa época se erguía imponente en el azul cielo mendocino; además las “champitas” duraban más cuando eran recogidas en la “mañanita”. El punto de concentración pactado fue la plaza de armas de San Nicolás, exactamente en el frontis del templo del mismo nombre.

Llegado el día y la hora acordada, poco a poco fueron llegando los alumnos; coincidentemente llegaron tarde aquellos que casi siempre llegaban tarde a clases y que por esa actitud irresponsable tenían que pagar con una hora (correspondiente a la primera hora de clases) de instrucción pre militar a cargo del “vico” o el “chivo”, juiciosos Auxiliares de Educación que no dudaban un instante en hacernos sudar la gota gorda.

- Miss, no viene el “Lapacho”- Decía un alumno
- Ese “Quilla”, “manganzón”, como siempre, cree que por que es hijito del Director puede hacer lo que quiere – Pronunciaba algo molesta la miss
- También falta el “solin”, “el lucho”, “el churrasco” y “el chory”- Afirmaba uno de los mas cumplidores alumnos del T.R.M, a quien prefiero no nombrar por cuestiones de ética.
- A mi no me acuses hoy “rosquete”, mira bien antes de hablar, “no ves que estoy en tu nariz” – contestaba algo molesto “el chory”, quien se encontraba presente.
- Ya, ya dejen de discutir y recojan sus cosas, no vamos a esperar a esta sarta de “quillas”, seguramente están “rroncando” todavía, si no se aparecen que se alisten a recibir su 05 en conducta- por “panfilos” – dijo la miss mientras emprendía la marcha encabezando al grupo de alumnos.

Mientras caminábamos rumbo a Huarmiaco, los olores entremezclados que desprendía el “fiambre” preparado por nuestras abnegadas madres, y el cual estaba celosamente guardado en el fondo de nuestras mochilas o en nuestras “jicras” hechas por nosotros mismos a base de “rafia” o “cabuya”, gracias a las enseñanzas del sabiondo profesor “chato Juver”, nos hacia salivar o más bien como dicen los guayachos, “agüita la boca”.

Atrás quedaba el pueblo de Mendoza, la tibieza de la mañana junto al verdor del paisaje eran fieles compañeros de nuestra marcha, las casitas de los “huarmiaquinos”, en su mayoría, hechas a base de adobe y de tejas contrastaban con el humo blanquecino que desprendía el leño de morocho que atizaba la “tuchpa”; el agradable olor que emanaba de la casa de algún vecino que en esos momentos estaba “cangando” la deliciosa cecina, no era menos que la fragancia del dulce café hecho en cántaro y el cual es típico del valle del Guayabamba (haciendo un paréntesis, déjenme decirlos que no he probado en el Perú, en los diferentes lugares que he recorrido, café alguno que se compare al guayacho y sabor que los supere. ¡Es único!).

Mientras recorríamos el trayecto, los alumnos iban formando pareja o pequeños grupos, en otras palabras los “cumpitas” y a su vez las “cumitas” se habían juntado, algunos murmuraban de lo hermosa que se veía alguna de nuestras paisanas con su garboso caminar, otros de lo cursi que se veía alguno de los citadinos que se habían puesto su vestimenta dominguera como si irían a una fiesta, “debe estar templao” decían; y otros acordaban compartir su “fiambre”, “tu me “convidas” una “troncha” de carne y yo te “convido” mi gallina”, expresaban.

Retrazados a unos cuantos pasos, cual “shapingos” que maquinan alguna maldad, caminaban misteriosos la cuadrilla inseparable, “solin”, “lapacho”, “mocoso o churrasco”, “shelico”, “chory” y “torero”. Este grupo de amigos, es gestor de una gama de palomilladas que usted amigo lector ni se imagina, claro que todas son “palomilladas blancas” por así llamarlas, ya que ninguna llego al extremo de la malcriadez o la falta de respeto. Bueno, el hecho es que esta vez se estaban preparando para una más en su haber.

- “hummmm”, huele “rrico” – decía uno de ellos
- “La Nancy ha traído gallina, el José ha traído cecina, el Calín ha traído “llapchita” con carne… - y así sucesivamente iban conversando entre ellos, luego de haber averiguado el contenido de los “fiambres”, con la sagacidad de un agente de inteligencia.

Para llegar al lugar elegido teníamos que cruzar la quebrada de Huarmiaco, para esto luego de caminar cerca de quince minutos siguiendo la carretera Mendoza-Omia, nos desviábamos por un camino de herradura adornado por la exuberante flor de “popelina”, la flor de “sambilla”, el “toje”, la infaltable “guayaba”, entre otros árboles característicos de nuestro rico valle, y en menos de dos minutos se podía apreciar la majestuosidad de la quebrada. Desde allí teníamos que “bandiar” y proseguir rumbo al cerro “Huarmiaco”.

El sólo hecho de mencionar esta quebrada, me trae el recuerdo de aquellas cristalinas aguas y que en más de una ocasión aplaco mi sed, y me permitió zambullirme y juguetear, mientras mi madre y alguna de nuestras vecinas, aprovechando los “batanes” de piedra, lavaban la ropa, en virtud a que esta agua dejaba “blanquita” y “linchecita” la ropa. Esto ocurría generalmente algunos fines de semana, cuando el servicio de agua potable se restringía por algún daño ocasionado por las lluvias o cuando se tenía que hacer limpieza de los tanques de almacenamiento.

Transcurrido aproximadamente 40 minutos desde nuestra salida, llegamos al lugar elegido aproximadamente a las 9:30 de la mañana, y a esa hora el Sol inclemente dejaba sentir su calor, muchos ya habían agotado sus “frescos” durante el trayecto y habían reemplazado con las cristalinas aguas de la quebrada huarmiaco. Una vez en el sitio elegido, y en donde había una pequeña casita de muescas con su pequeño patio, la orden de la “miss” fue tajante:

- Dejen sus cosas en el corredor y pónganse a buscar las “champitas”-Dijo
- Las mujeres por este lado y los varones por el otro – proseguía
- Ojala no “haiga” “jergón” por acá – decía algún asustadizo alumno
- No acá no hay nada, sólo hay “ponga” que va a subir a tus “talegas”- contestaba otro alumno, refiriéndose al “izango”, diminuto insecto de color rojo que gusta alojarse en los lugares más calientes del cuerpo, generalmente en las axilas y los testículos de los varones, originando una irritación en la piel que provoca una comezón de los “mil demonios”.

El ruido característico que emitían los “machetes” al cortar el árbol de la “fruta del paraíso”, u otro árbol ornamental elegido por su belleza para adornar el “nacimiento”, se combinaba con el canto de los “fios”, el “huacamuchacho”, “el tuchquín” u otro pájaro que adornan el paisaje mendocino, los que en conjunción con el coro de los bichos (chicharras, saltamontes, etc.) dan vida al día quebrando el silenció y la quietud de las horas.

Mientras todos estaban trabajando, “chory”, “solín”, “churrazco”, “shelico” y “lapacho”, se habían escurrido discretamente y se habían dirigido a la casita, con la única intención de husmear en las mochilas y robar las mejores “tronchas” y “presas” para comérselas.

- “Llao”, encontré una “tronchasa” – decía uno de ellos
- Mira este “illunsho” tiene una “presa de gallina” grandaza, parece que ha sido de “gallo pacla”
- Ya se jodió a la “camión”, le “rrobao” sus dos “tronchas” – decía otro de ellos refiriéndose a una compañera rechoncha que por su contextura se había ganado ese apelativo.
- ¡Qué están haciendo! ¡ya se “fregaron” hoy le digo a la miss! – pronunció Calín al descubrir a los otros que estaban engullendo apresurados la comida de sus compañeros.
- No seas “rosha”, pareces mujercita, toma una “pierna” y no “friegues” – contestó “chory” alcanzando una pierna de gallina a medio comer a calín para hacerle cómplice y convencerle de que no dijera nada a la miss Amelia.

Luego de cumplir con su cometido, estos inseparables compañeros se desaparecieron del lugar con la misma discreción con que habían llegado; cuando los demás alumnos se concentraron nuevamente en la casita esta vez para disgustar de sus suculentos “fiambres”; se dieron con la ingrata sorpresa que los trozos de carne, piernas de gallina, cecina y todo lo que a carnes se refería y acompañaba a sus fiambres, había desaparecido y sólo les quedaba la “llapchita con frejol y arroz”. La “camión”, que lógicamente era la más afectada, rompió en llanto y hasta amenazó con denunciar, alguna de nuestras compañeras siguieron su ejemplo; por su parte los varones profesaban insultos:

- Miss algún “concha su vida” “la tragao todito nuestras presas”-Decía alguno de los afectados
- ¿Quien ha sido ese “simplón” que ha comido los fiambres?, hasta de mi lo ha “llevao” – Indagaba la miss, sin encontrar respuesta.
- Cree que somos “gafos” para decirle quien se ha “tragao” el “polio” – Decía el “shelico”, mientras miraba a Calín, como si con la mirada lo estaría amenazando para no hablar
- No pué miss, así no es, mire como lo han “llushpido” mi taper…Pero si lo agarro a ese “jijuna” lo voy a sacar su “ancho”- pronunciaba el “lapacho”, tratando de disimular la palomillada que acababa de hacer con sus amigos.
- Miss, yo he visto a dos señores que “han pasao” por acá, seguro que ellos han sido – Decía “solin” tratando de desvirtuar y convencer a los molestos compañeros de que habían sido personas extrañas las que habían sustraído el fiambre.

Luego de comer las sobras que habían dejado “lapacho” y sus “illunshos” amigos, se preparaban para el retorno. Esta vez el trayecto de regreso fue más pesado, debido al “colerón” (cólera) que provocó el que algún malvado se haya comido “las presas” de casi todos los alumnos, incluyendo la de la “miss”. Los alumnos cargaban su ligero “quipe” (carga) de “champas”, helechos y árboles ornamentales que finalmente darían forma al “nacimiento”, y un silencio acompañaba el trayecto; sólo de rato en rato se escuchaba algún molesto compañero que lanzaba una maldición: “malditos, desgraciaos que se han comido mi llapchita, ojala les de quicha”-Decía.

La refrescante agua cristalina de la quebrada de Huarmiaco aplacó la sed y calmo los ánimos de los fastidiados compañeros, y dio paso a las bromas y burlas celebrando los “tropezones” que algún distraído caminante sufría al “chutar” una piedra en el trayecto; al fin y al cabo “lo pasado, pasado” y el niñito Jesús nos va a bendecir porque le haremos su pesebre bien “bacan” y “ticita” y eso es mucho más valioso que cualquier fiambre; se consolaban pensando y hablando entre ellos.

- “Hay mamacita, que tal “chutazo” le di a esta “caliche”, “lao mi dedito casi le vuelo su uña” – pronunciaba aquel infortunado alumno al tropezar con una piedra.
- “A su mare hoy”, “que tal “patadón” le has “dao” a la piedra, mira lo has sacado de raíz” – decía aquel compañero que acababa de observar aquel incidente y hacía referencia a que el agraviado había levantado la piedra al tropezarse.

Al llegar al templo, donde finalmente se construiría el majestuoso pesebre, parecíamos un grupo de “mingas” que bajaba después de una “huahuachada”; claro que en el grupo habían alumnos que demostraban claramente haber “chambeado” y eso se reflejaba en las “manchas” de su vestimenta producto de las resinas de los árboles y en el sudor que al combinarse con el polvo recorriía sus rostros dejandoles totalmente “mashcarones”; pero también habían aquellos alumnos “zánganos”, “quillas”, “ociosos” que al mirarles en ese momento, parecían que en vez de haber regresado del “monte” hubieran salido de una fiesta ya que el único vestigio de haber estado juntando “champas” era el color “chaposo” de sus rostros; más su indumentaria seguía impecable, tal cual habían salido de sus casas. Entre estos últimos estaban el “lapacho”, “el churrasco” y algunos más.

Con la finalidad de recobrar fuerzas, los fatigados “chamberos” dejaron a un lado su equipaje y se aprestaron a disfrutar de un reparador descanso. No paso ni cinco minutos cuando la voz autoritaria de la miss nos sacó de nuestro adormecimiento.

- ¡Ya!, ¡ya! pánfilos levántense, hay que acabar rápido – Decía
- Llamen a la Abela y a la Enith, que dejen de sus “cucufaterías” y se vengan para acá – Proseguía, refiriéndose a dos de nuestras compañeras que eran las más fervientes creyentes de “taita Diosito” y que en ese momento estaban mirando a la “virgencita María”, al parecer elevando una oración.
- Donde esta ese “quilla” del Freddy y del Emersón – Indagaba la “Miss”
- “ahíshito” están “rroncando”, en la “banca” de atrás – Contestaba algún acusete alumno
- Llámenlos a esos zánganos y que se pongan a ayudar acá, además necesitamos “lomudos” para que coloquen estas ramas pesadas – Continuaba la “miss”.

Así comenzó a levantarse el pesebre, “champita” tras “champita”, árbol tras árbol, hasta que solamente faltaba colocar las imágenes de la sagrada familia los reyes magos y los animales hechos de arcilla.

- Mira este se parece al “shelico” – Decía burlón “el lapacho” agarrando la imagen del burro.
- No ese eres tú, por esas “lapazas” – contestaba “el shelico”
- y ahí esta el huaquito” – decía “el churrasco” señalando a la imagen del rey mago de tez morena comparándolo con uno de nuestros compañeros, que amablemente se había ganado ese apelativo por su peculiar color moreno.
- Allacito esta la “camión” y “Ahishito” esta la Juana culona – Proseguían con las comparaciones señalando a las imágenes de la baca y una gallina regordeta respectivamente.

Mientras todos estaban ocupados en levantar el imponente pesebre que adornaría nuestro templo, el avispado alumno de siempre “lapacho” había maquinado una más de sus usuales palomilladas; se había propuesto robar el taper de hostias que celosamente guardaba el “padrecito Antonio”, en una caja de madera empotrada en la pared, al lado derecho del salón principal del templo; para esto él muy vivaracho ya se había percatado que la caja, que siempre permanecía asegurada con llave, esta vez no lo estaba.

Y así fue como este singular personaje (lapacho) cumplió su cometido, y luego de sustraer el taper de hostias, sin que “ninguna alma bendita” se percatara, desapareció del templo para ir a esconderlo en un lugar seguro y disfrutarlo al término del trabajo.

A las 4:00 de la tarde aproximadamente, el pesebre quedó concluido, todos miraban anonadados y entusiasmados su obra por lo hermoso que había quedado, en especial las alumnas quienes tenían mayor devoción que los alumnos hacia “taita Dios”. Ese día el Sol se ocultó más tarde que de costumbre, será por que “Diosito lindo” quiso contemplar por más tiempo aquel majestuoso pesebre, que se erguía imponente reflejando la devoción y el respeto de sus creadores, y en general de todo el pueblo mendocino, hacia el divino “niño Manuelito”.

Luego de contemplar por un largo rato el “nacimiento”, los alumnos se despidieron y se dirigieron hacia sus casas, total había que alistar la ropa para la misa dominical que se celebraba al día siguiente. Poco a poco fueron retirándose, hasta que en la plaza sólo quedaron cuatro o cinco alumnos varones, quienes habían sido seleccionados previamente por ”el lapacho” para disfrutar del “pan de Dios” que horas antes él había sustraído del templo.

- “Quieren probar un poquito de hostia” – preguntaba “el lapacho”
- “ya pue” – contestaban los demás
- “Pero no vayan a hablar que yo “le sacao” de la iglesia – Decía
- “Ay amito”, y si diosito nos castiga – decía alguno de los presentes, preocupado por algún tipo de castigo divino por esa mala acción.
- “Come no mas, o no eres hombre so rosha” – Conminaba el “lapacho” a alguno de los asustadizos palomillas.

Bueno usted bien sabe amigo y paisano, que esta bendita frase “o no eres hombre” era mejor que cualquier pócima energizante y te daba el arrojo necesario para cometer las más duras pruebas de valor; mediante ella te podían inducir a pararte en un “poto” de hormiga, a saltar de un elevado árbol de naranja, a saltar de un segundo piso o a ”tirarte” un clavado desde el “morro” del río Leiva (los que han nadado en las tibias aguas del río Leiva saben de lo que estoy hablando). Esta frase era similar a la “Quien escupe primero”, empleada por los guayachos para azuzar en las riñas y peleas que en nuestra niñez o adolescencia alguna vez libramos, para tal efecto colocaban la mano en medio de los dos contendientes, a la altura del rostro de los mismos con la intención de que uno de ellos escupiera primero y luego retiraban rápidamente la mano, permitiendo que el escupitajo vaya a parar en el rostro del otro retador; de esta manera se iniciaba una pelea entre ellos y era celebrado por los demás.

Hecha la aclaración, la mencionada frase tocó nuestro orgullo de hombre, de “capazotes”, de “guapos” y nos obligó a probar nuestra hombría comiendo la hostia ofrecida por “el lapacho”, desestimando cualquier sentimiento de temor hacia nuestro “taita Dios”. Las hostias sobrantes fueron llevadas por “el lapacho”, a la casa de su abuelita, según él para comérselas con mantequilla.

Al día siguiente por la mañana, la acostumbrada misa dominical se celebraba de lo mas normal; todos los alumnos del 4to. Año estaban presentes; también se encontraban allí las infaltables vecinas mendocinas doña Celia, doña Tula, doña Evangelina, y muchas más que si me atrevo a nombrarlas me faltaría espacio; así mismo, se encontraban en el templo dos señores que por su constancia en las celebraciones religiosas, se habían ganado el cargo de Acólito y sacristán. Llegado el momento de consagrar las hostias, el “cura Antonio” se acercó a sacarlas de donde se suponía que estarían, en la caja de madera empotrada a la pared; grande fue su sorpresa cuando se percató de que el acostumbrado taper porta hostias no estaban en este lugar. El “padrecito” volvió la mirada hacia su “sacha” Acolito, y con la vista parecía preguntarle que había pasado; al ver la preocupación del “cura” dibujada en su rostro, el acolito y el sacristán apresuraron sus pasos hacia él; los fieles concurrentes no se habían percatado de lo que estaba ocurriendo; cuando de pronto el “curita Antonio” se acercó hacía la mesa ceremonial y tocando el crucifijo que juntamente con la Biblia roja adornaba la misma, se persignó y agacho ligeramente la cabeza quedando en silencio unos momentos. Pasado unos segundos, lentamente levantó la mirada hacia los presentes y apaciblemente los dijo:

- Queridos hermanos, ha ocurrido una desgracia

Un silencio sepulcral se apoderó del templo, seguido por un murmullo que poco a poco fue acrecentándose.

- ¿Qué ha pasado?, Dios mío, ojala que no sea algo grave – Decían algunas preocupadas feligrés
- ¡Alguna oveja descarriada, ha osado entrar en este templo del señor y ha robado el cuerpo de nuestro señor Jesucristo! – Prosiguió el párroco, rompiendo su pasividad.
- ¡Y por culpa de este mal hermano o malos hermanos, hoy no vamos a poder comulgar!, ¡esto es un sacrilegio! – proseguía el sacerdote
- “shelico” que es sacrilegio – preguntaba en voz baja uno de los que cometieron tal acción
- “No se pero suena feo, pregúntale a la miss ella tira ingles” – Contestaba el “shelico”

No es exagerar si les digo que en esa ocasión, cuando escucharon que no iba a haber comunión (por no haber hostias), muchas de las más fervientes feligreses derramaron sus lágrimas; es contradictorio pero muchas de las que estaban “llantiando”, y que domingo a domingo iban al templo a golpearse el pecho; de lunes a sábado eran malas vecinas, cicateras, egoístas y usureras; pero así es mi tierra, con una gama de matices y gente que hacen de este valle un lugar especial.

Dentro de los concurrentes estaban los cómplices de tan perversa acción, en ese preciso momento un sentimiento de culpabilidad invadía sus mentes, y bajando la cabeza se apresuraban a rezar en silencio un padre nuestro, pidiendo disculpas a “taita Diosito” por haberse robado “el cuerpo de Cristo”; casi al instante se hincaron de rodillas y provocaron admiración en sus compañeros ya que los conocían muy bien y que en otras ocasiones estos “shapingos” no se hubieran arrodillado ni aunque los hubiera dado un calambre en la pierna. Esa actitud casi los delata, pero como siempre sabían salir muy bien, en esta ocasión también supieron burlar el interrogatorio de la “miss Amelia”

- “Ustedes pánfilos, demonios han sido los que han robado las hostias”
- “No miss”, como “creeste” que vamos a jugarnos con diosito, después nos castiga y nos manda un rayo – contestaba “el lapacho”
- “Y por que se han “arrodillao” si ustedes son tremendos pecadores, que hasta la iglesia tiembla cuando entran a misa” – proseguía la “miss”
- No, “miss”, lo que pasa es que estamos cambiando – contestaba el “churrasco”
- “Cambiando, cambiando, hasta la víbora cambia ustedes “sopencos”, no” – replicaba la “miss”
- “Por mi madrecita” miss, yo no he sido”, si le miento “liame” (llame) a mi “padrecito” y que me “sinchee” en su delante – Decía “el shelico” tratando de convencer a la “miss” Amelia, que el no tuvo nada que ver.

Al salir de la misa, los implicados en el tal “sacrilegio”, caminaron cabizbajos y no profesaron palabra alguna hasta llegar a sus casas; ese fue uno de los pocos días en sus vidas que el arrepentimiento de su acción calo profundamente, tanto así que con la intención de reivindicarse y congraciarse con “taita Diosito”, estos que nunca iban a misa, acudieron todos los domingos del mes siguiente, y es más eran los primeros en llegar y hasta se ofrecían a ser los encargados de pedir las limosnas.

Finalmente, quiero decirles queridos paisanos que ese pecadillo cometido en complicidad por este humilde guayacho, ya fue resarcido, y ya me confesé, si bien no lo hice ante un párroco, si lo hice ante nuestra querida “miss Amelia”, quien se “mató” de risa recordando aquella anécdota. Ah y otra cosa, creo que Dios ya emitió su sentencia para estos pobres mortales y al parecer está relacionado con separarnos y alejarnos lo más lejos posible del templo de San Nicolás, si no como se explica que el “lapacho” este en España, el “chory” en Lima, el “Torero” en Trujillo, el “solin” en Chiclayo y respecto al “shelico” y el “churrasco” no se nada de estos singulares personajes del pintoresco paisaje mendocino.